La discusión por el futuro de la Unidad Turística Chapadmalal abre una oportunidad política que Mar del Plata no debería dejar pasar.
Mientras el Gobierno nacional avanza con su idea de concesionar o privatizar el histórico complejo y la Provincia reclama su traspaso, acaso haya llegado el momento de formular una pregunta más profunda: ¿por qué los destinos estratégicos ubicados en General Pueyrredon siguen dependiendo de decisiones tomadas a cientos de kilómetros de la ciudad?
Chapadmalal no es apenas un conjunto de hoteles frente al mar. Es patrimonio histórico, identidad social, memoria del turismo popular y también una enorme reserva territorial con capacidad para definir parte del futuro económico, urbano y turístico del distrito.
Y justamente por eso, la discusión no debería agotarse en la pelea entre Nación y Provincia. La ciudad también tiene derecho a reclamar protagonismo.
Durante años, distintos sectores políticos, empresariales y sociales sostuvieron que el complejo de Punta Mogotes debía dejar de ser administrado desde La Plata para pasar definitivamente a manos marplatenses.
La lógica era sencilla: aquello que ocurre en Mar del Plata impacta directamente sobre los marplatenses. El empleo, la inversión, el desarrollo urbano, la explotación turística y el uso del espacio costero forman parte de una misma ecuación local.
Con Chapadmalal ocurre exactamente lo mismo.
Si la Nación considera que no debe administrar la Unidad Turística, entonces el camino razonable sería transferirla primero a la Provincia y, luego, avanzar hacia un esquema de administración municipal o mixto con fuerte participación local.
Lo contrario implicaría repetir una vieja historia argentina: territorios administrados desde escritorios lejanos, sin comprensión plena de las dinámicas, necesidades y prioridades de la comunidad que convive cotidianamente con esos espacios.
Porque cuando las decisiones se toman lejos, la ciudad suele quedar atrapada entre intereses políticos ajenos y disputas partidarias que poco tienen que ver con las necesidades locales.
Mar del Plata ya tiene ejemplos concretos de lo que ocurre cuando enormes estructuras estratégicas quedan libradas al abandono, la indefinición o la burocracia estatal.
El ex-Instituto Unzué es quizás el caso más emblemático. Un edificio extraordinario, ubicado en uno de los sectores más privilegiados de la ciudad, que durante años permaneció atrapado entre proyectos inconclusos, deterioro y falta de una decisión política clara sobre su destino definitivo.
Chapadmalal no puede recorrer el mismo camino. Porque además de su valor histórico y turístico, la Unidad tiene algo que hoy muy pocos lugares poseen: infraestructura ya construida. Hoteles, espacios comunes, servicios, conectividad y enormes extensiones disponibles para pensar proyectos de escala.
Y allí aparece una posibilidad que Mar del Plata debería discutir seriamente: transformar Chapadmalal en un gran campus universitario, científico, tecnológico y de formación internacional.
Pocas ciudades argentinas reúnen las condiciones que tiene Mar del Plata para desarrollar una iniciativa de ese tipo. Cuenta con universidades públicas y privadas, institutos de investigación, polos tecnológicos, carreras vinculadas al conocimiento, empresas de software y una creciente economía asociada a los servicios y la innovación.
Chapadmalal podría convertirse en una verdadera ciudad universitaria frente al mar.
Los hoteles podrían adaptarse como residencias estudiantiles, centros académicos, espacios de intercambio internacional, sedes de congresos, laboratorios, institutos de formación o ámbitos de investigación aplicada.
Incluso podrían convivir usos educativos, turísticos, culturales y científicos dentro de un mismo proyecto integral.
En muchas partes del mundo existen experiencias similares donde antiguas estructuras estatales o complejos turísticos fueron reconvertidos en polos universitarios y de innovación con enorme impacto económico y urbano.
La pregunta entonces ya no es solamente qué hacer para evitar una privatización apresurada.
La verdadera discusión es mucho más ambiciosa: qué modelo de desarrollo quiere construir Mar del Plata para las próximas décadas.
Porque la ciudad necesita dejar de pensar únicamente en términos de temporada de verano. Necesita diversificar su economía, generar empleo calificado, atraer jóvenes, retener talento y consolidarse como un polo educativo y tecnológico de referencia nacional.
Chapadmalal podría ser parte de esa transformación.
Pero para eso hace falta decisión política, visión estratégica y, sobre todo, participación local.
Resulta difícil imaginar que un proyecto de semejante magnitud pueda diseñarse correctamente desde oficinas nacionales alejadas de la realidad marplatense.
La defensa de Chapadmalal no debería quedar atrapada en la pelea entre Milei y Kicillof ni convertirse apenas en una discusión ideológica sobre el turismo social.
Debería transformarse en una causa institucional de Mar del Plata.
Porque, en definitiva, lo que está en Mar del Plata debería ser administrado por los marplatenses.
