Treinta años de un teatro que se construyó con la comunidad y la venta de empanadas
Construyeron un teatro sobre una cancha de ping pong abandonada. Luego llevaron el impulso artístico a un antiguo taller de barcos del 1900 en el macrocentro, hasta que tuvieron que emprender la mudanza.
En la actualidad, levantaron una sala en una casa chorizo de 1930 que perteneció a Entel, primero, y a Telefónica, después, y que terminaron de pagar vendiendo empanadas que cocinaban ellos mismos.
Nunca les importó dónde, porque en todos esos espacios edificaron algo más que una sala de teatro para Mar del Plata y para su enorme cantidad de teatristas: lograron llevar a la práctica el concepto de comunidad.
La sala El Galpón de las Artes, que hoy se encuentra en Jujuy entre Rawson y Garay, está de festejo porque cumple 30 años desde que el grupo empezó a trabajar en la gestión. La primera sede funcionó en una sala pequeña detrás del Partido Socialista, donde estaba esa cancha, sobre la calle Rivadavia. Ahí permanecieron desde 1996 a 2001.
Claudia Balinotti y Mariano Balinotti, fundadores y gestores de El Galpón de las Artes.
Hasta 2008, hicieron funciones en un galpón en Rawson casi Catamarca, donde funciona hoy una cochera y antes fue un taller que fabricaba barcos pequeños para una ciudad de igual tamaño. Luego, cuando se vencía el contrato de alquiler y debían buscar un nuevo lugar, apareció la posibilidad de comprar un inmueble, para expandirse desde un terreno propio. Era entonces 2009.
Tres sedes en 30 años, repasan sus gestores. “El teatro es cambio”, dijo Claudia Balinotti, actriz, directora y una de las personas a cargo de la sala. “Esta temporalidad nos fue abriendo caminos de aprendizajes, de intercambios con otros grupos, con otras salas. Y sobre todo, del lazo comunitario. Este es un espacio para encontrarnos con la comunidad, tanto artística como la comunidad de la ciudad y de quienes llegan a visitarnos. Y también cuando salimos llevamos esta experiencia a otros territorios”, agregó.
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Mariano Tiribelli, otro de los gestores, recordó: “En 2008 ya habíamos empezado a laburar en un subsidio para comprar un espacio y el Instituto Nacional del Teatro abrió una convocatoria para comprar. Nosotros reunimos todas las condiciones. Le compramos este lugar a una multinacional”.
La historia no fue tan sencilla, no se trató de comprar y mudarse. “El subsidio que conseguimos no alcanzaba para la totalidad de lo que valía el lugar”. Las negociaciones con Teléfonica también plantearon algunos dilemas a resolver.
“Tuvimos una reunión en Puerto Madero, en el piso 30 (en el edificio de Telefónica de Argentina). Cuando entramos había un cartelito que decía ‘esta reunión tiene horario de finalización’. Nos daban cinco minutos para contar el proyecto” a uno de los responsables de la firma, quien tenía en sus manos el poder de aceptar la venta de la vieja casa chorizo marplatense.
“‘Si ustedes quieren, yo les firmo un comodato por 20 años’, nos dijo. Con Claudia nos miramos y dijimos ‘no, nosotros queremos comprar’. Así que no aceptamos y le insistimos con la compra. ‘Si es así, esto lo tengo que enviar a España y lo van a decidir allá’”, rememoró las palabras del ejecutivo. A las dos semanas los llamaron para contarle que habían aceptado las condiciones de compra.
“En febrero de 2009 ya estábamos ingresando acá sin todavía haber pagado nada. Después llegó el subsidio del Instituto. Estuvimos hasta fin de 2011 pagando todos los meses, vendiendo empanadas. Hicimos una campaña de venta de empanadas por Mar del Plata”, sigue el gestor.
Y fue la comunidad que generaron la que los ayudó con la compra de las docenas de carne que entregaban, puntual, a domicilio (hoy también son famosas las empanadas de berenjenas que venden al público).
Igual sucedió cuando decidieron reciclar, tirar paredes para construir la sede propia y emprender tareas de albañilería. Amigos, amigas, artistas y hasta vecinos sostuvieron el esfuerzo. “Cuando entramos en esta nueva sede recibimos brazos de amigos que vinieron a colaborar, a tirar paredes, a hacer un trabajo desgastante. Acá no entró una empresa sino que todo el trabajo de reconstrucción de albañilería lo hicimos nosotros. Creo esa es también la sustancia de la que está hecho El Galpón”, añadió Balinotti.
En plena pandemia, cuando la incertidumbre era el paradigma del teatro, ellos no se rindieron y decidieron ampliar el escenario. Y en 2025, recibieron una donación de butacas de parte de la Biblioteca Juventud Moderna. Y nuevamente apelaron a la comunidad para el traslado y para solventar económicamente el costo de la obra.
“Las butacas son el asiento pero había que armar toda la estructura, eso era lo costoso, no teníamos previsto de ninguna manera que íbamos a poder financiarlo”, contó Tiribelli.
Con esa campaña –“Mi butaca en El Galpón”-, cada amigo o amiga pudo ayudar a poner un asiento y dejar un mensaje en él. Para Balinotti, se trata de una “gestión multisectorial”.
“Sabemos que solos no podemos. En un vínculo sincero hemos podido dar lo que tenemos para dar y recibir con mucha alegría y con mucho agradecimiento lo que cada uno, cada una puede aportar. En ese entramado se va haciendo una sala comunitaria. Nosotros hablamos de un teatro comunitario, hablamos de este lazo que nos une de distintas maneras, no es solamente la celebración de un estreno o la convocatoria a una función, es encontrarnos, es poder dialogarnos, los artistas dialogamos a través de nuestras obras”, agregó ella, que es fundadora del grupo junto a Emilia Parafioriti, Francisco Balinotti, Mónica Juárez, Juan Ruiz, Alina Rodríguez, los hermanos Emilio y Nahuel Santana, Demian Basualdo, entre muchos otros que pasaron en algún momento de estas tres décadas por las sedes de El Galpón.
