La violencia del narcomenudeo vuelve a encender alarmas y luces coloradas
La violencia periférica de Mar del Plata escaló en los últimos meses a niveles que ya no pueden soslayarse y así se activaron sensores en las mesas de trabajo de quienes se deben ocupar del tema. Alarmas y luces rojas en aviso de que si no se hace algo pronto el porcentaje de víctimas por fuera del delito va a crecer. Que ya no se limitarán los asesinatos a ajustes de cuentas, venganzas o disputas. Y que ese derrame alcanzará, indefectiblemente, a gente inocente.
El caso de Eduardo Bibbó es uno de ellos. Bibbó era un distribuidor de productos de almacén que en la tarde del 28 de marzo fue a ayudar a su hijo en el local de la avenida Colón al 7500, a solo seis cuadras de la Villa Gascón. Dos motochorros ingresaron y en el asalto lo mataron. Adelante de su hijo, de su nuera, de sus nietos.
La Villa Gascón pasó a ser -como en otros tiempos lo fueron el barrio Libertad, el barrio Belgrano, el barrio Las Heras, o el Nuevo Golf- el epicentro de la violencia derivada de disputas y enfrentamientos de la marginalidad y del consumo y la venta de estupefacientes. Del narcomenudeo.
“Al atacar el narcomenudeo entendemos que atacamos dos problemas: el de la venta propiamente dicho y el de las armas, porque cada vez que allanamos secuestramos gran cantidad de armas”, dijo a LA CAPITAL el fiscal general Fabián Fernandez Garello.
Precisamente el jefe de los fiscales de Mar del Plata remarcó la importancia de haber reforzado la fiscalía temática con la llegada de Rodolfo Moure, aunque en verdad no es más que recomponer lo que se había desbalanceado con la salida de Leandro Favaro hacia la Cámara de Apelaciones. “Igual, organizamos dos ayudantes fiscales, un fiscal para juicio y dos para instrucción. Mucho más no podemos hacer cuando nos faltan cubrir 8 cargos de fiscales”, confesó.
Riesgo de desborde
La suma de los ajustes de cuentas y los conflictos directos por estupefacientes arroja que en Mar del Plata el 32,5 % de los homicidios en la ciudad están vinculados directamente a dinámicas delictivas organizadas o de narcomenudeo. Estos porcentajes son sensiblemente superiores a los números y promedios provinciales lo que sugiere una mayor incidencia de ciertos salvajes mecanismos para resolver problemas cuando está en disputa la economía criminal.
Por ahora esos crímenes están “encapsulados” en circuitos delictivos, donde la víctima y el victimario poseen antecedentes o relación con el narcomenudeo. Se genera así una idea de que la violencia extrema está acotada, aunque cada vez con más temor de que haya un desborde.
El barrio Coronel Dorrego, y específicamente la zona denominada “Villa Gascón”, es identificada como una de las áreas de mayor densidad criminal. Solo en este 2026 hubo tres asesinatos: un menor de edad, un joven de 24 años y un hombre de 35. Según las investigaciones respectivas, todo se trató de venganzas, ajustes de cuentas, resolución de conflicto por medios extremos y droga.

Y el problema de la droga es cada vez más acuciante. Como se dijo en innumerables ocasiones, a diferencia de las grandes estructuras narcocriminales de ciudades como Rosario o el Conurbano, en Mar del Plata prevalecen organizaciones de tipo familiar o clanes barriales que, no obstante, demuestran una capacidad de sofisticación creciente en sus métodos operativos y financieros. Pero fundamentalmente, en poder de fuego.
Violencia no letal
Se cae con frecuencia en el error de relacionar solo a los homicidios con la narcoviolencia. Si bien los homicidios son el dato más visible, la violencia no letal —manifestada en heridos por armas de fuego y blancas— ofrece una visión más amplia del nivel de conflictividad social asociado al narcomenudeo. Según el Cemaed, hacia fines de 2025, la cantidad de personas heridas en estos contextos experimentó un incremento significativo.
Durante el cuarto trimestre de 2025, se registraron al menos 171 personas heridas por ataques con armas, lo que representó un aumento del 50 % respecto al trimestre anterior. El año culminó con un saldo total de 527 heridos, una cifra que satura los servicios de emergencia del Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA) y evidencia una proliferación de armas de fuego en manos de civiles vinculados a circuitos delictivos.
El dato significativo es que son los heridos “en blanco” los que van al hospital y deja afuera una cantidad muy significativa de quienes prefieren curaciones caseras para no tener que dar explicaciones ante las autoridades.
Y a su vez este ascenso de la violencia no letal es particularmente relevante porque muchos de estos episodios no derivan en una denuncia formal, conformando una cifra negra de criminalidad que solo se hace visible a través de los registros sanitarios. La mayoría de los heridos son hombres jóvenes residentes en barrios de la periferia o periurbano, el mismo grupo demográfico que encabeza las estadísticas de víctimas de homicidio, lo que refuerza la tesis de un conflicto intrageneracional y territorial.
Frente al avance del narcomenudeo y la violencia derivada las autoridades han implementado un cambio de paradigma en la investigación y el patrullaje. Desde las altas esferas policiales se asegura que hubo reasignación de recursos en las comisarías de mayor conflictividad como la 11ª, la 12ª y la 6ª, además del apoyo de los grupos de UTOI, GAD, Grupo de Patrulla Motorizado y Cuerpo de Infantería.
En Mar del Plata, la participación de fuerzas como Prefectura Naval y Gendarmería aparece siempre como un complemento insuficiente. Más allá de que hay presencia en algunos barrios críticos y en el control de rutas, no ofrece una magnitud de despliegue que pueda ser advertido como un diferencial.
