Las ideas para Mogotes mientras trepa el conflicto, La Cuadrada puede ser piscina y el objetivo de Chapadmalal universitaria
La disputa entre la Provincia y la Municipalidad por el control de Punta Mogotes ya dejó de ser un ruido de fondo para convertirse en un conflicto abierto, con capítulo judicial incluido y final incierto. De un lado, el municipio empuja la municipalización como bandera política y administrativa. Del otro, la Provincia defiende su rol histórico en la administración del complejo y, sobre todo, no detiene la maquinaria: sigue tomando decisiones. En ese contexto –tironeado, judicializado, incómodo– apareció una señal clara de hacia dónde se mueve el poder real: se conocieron los ganadores del concurso de ideas para la puesta en valor de Mogotes. Es decir, mientras la política discute quién manda, alguien ya empezó a pensar qué hacer. El primer premio, para los arquitectos Guillermo Lesch y Leticia Alfaro, no es solo un reconocimiento formal. Es, en los hechos, una síntesis bastante representativa de lo que el jurado valoró como horizonte posible.

¿La clave? Reordenar Mogotes desde una lógica menos fragmentada y más integrada. Menos “balnearios como islas” y más sistema. Menos protagonismo del auto –históricamente dominante en el complejo– y más espacio para el peatón, el paisaje y lo público. La idea de fondo apunta a recuperar el equilibrio entre lo natural y lo construido, algo que el propio jurado marcó como una “tensión a cuidar”. En concreto: renaturalizar sectores, jerarquizar las lagunas como parte de la infraestructura y no como un decorado, y mejorar la conexión entre la ciudad y el mar, hoy bastante deshilachada. También aparece un concepto que empieza a repetirse en todos los planes urbanos contemporáneos: desestacionalizar. Que Mogotes no sea solo playa en enero, sino un espacio activo todo el año, con equipamientos y usos que sostengan movimiento más allá del verano.

Nada de esto implica, al menos en los papeles, una ruptura radical. Pero sí un cambio de enfoque: pasar de un modelo más concesionado, atomizado y orientado al negocio estacional, a otro con mayor articulación pública y lógica urbana. Ahí es donde el proyecto ganador deja de ser solo una idea “linda” y empieza a volverse políticamente relevante. Porque el concurso no es vinculante, pero tampoco es inocuo. Funciona como un banco de ideas, una hoja de ruta posible… o un insumo clave para quien tenga la lapicera. Y esa lapicera hoy está en discusión. Con concesiones que vencen en cuestión de meses, el proceso licitatorio ya no es un escenario hipotético, sino una urgencia concreta. Y mientras la causa judicial avanza a su ritmo –que rara vez coincide con el de la política–, la Provincia ya dio un paso adelante organizando el concurso y validando un diagnóstico. La paradoja es evidente: el modelo de Mogotes empieza a tomar forma antes de que se defina quién lo va a ejecutar. En otras palabras, la política discute el control, pero el futuro ya entró en etapa de diseño. Y en Mar del Plata, cuando las decisiones estructurales se empiezan a tomar en otro lado, después cuesta mucho correr de atrás.

A varios kilómetros de Punta Mogotes, en pleno centro –en la esquina de 9 de Julio y Mitre– otra historia ayuda a entender cómo se transforma Mar del Plata cuando cambian las lógicas de uso del suelo. La vieja La Cuadrada (casa de té y centro cultural en Mar del Plata) no fue un emprendimiento más. Desde su apertura en los años 90, funcionó como un espacio singular: casa de té, sí, pero también escenario, taller, punto de encuentro. Un lugar con estética propia, casi fuera del tiempo, donde convivían la pastelería, los recitales, las ferias y una idea bastante poco frecuente para la ciudad de entonces: construir comunidad. Durante más de dos décadas, La Cuadrada fue eso: un refugio cultural con identidad fuerte, difícil de replicar y también –como suele pasar– difícil de sostener. Su cierre en 2013 no fue silencioso. Hubo reacciones, protestas, intentos de preservarla. Pero el destino terminó siendo otro. El inmueble cambió de manos y entró en una lógica distinta.

Hoy ese predio forma parte del esquema del Hotel 13 de Julio, propiedad de la Federación de Trabajadores de Luz y Fuerza, ubicado justo al lado. Y ahí aparece el proyecto. Todavía en estado preliminar, la idea que circula es avanzar en una ampliación del hotel que incorpore el terreno de La Cuadrada. No se trata solo de sumar metros cuadrados, sino de dar un salto de categoría. En ese diseño en borrador aparece un elemento clave: una conexión tipo puente entre ambos espacios, que permitiría integrar funciones y, eventualmente, incorporar una piscina, una de las prestaciones que hoy el hotel no tiene y que lo posicionaría en otro nivel dentro de su segmento. El contraste es inevitable. Donde durante años funcionó un espacio abierto, cultural, con lógica de encuentro y baja escala, podría consolidarse ahora una pieza más dentro del circuito turístico y de servicios, con otra racionalidad: más estructurada, más rentable, más alineada con la demanda. No es un caso aislado.

Es, en todo caso, una escena en miniatura de lo que pasa en otros puntos de la ciudad. Porque mientras en Mogotes se discute –a gran escala– cómo será el equilibrio entre lo público, lo privado y el ambiente en el próximo ciclo de concesiones, en el centro también se juega otra partida: la de los espacios con identidad que, tarde o temprano, terminan reconfigurados por nuevas necesidades. La ciudad cambia así. A veces con concursos y planes. A veces con proyectos que todavía no existen del todo. Y a veces, también, sobre la memoria de lugares que supieron ser mucho más que un negocio. Cabe recordar que el hotel 13 de Julio que fue construido en 1972, consta de 22 pisos, con 360 habitaciones (700 plazas) en la torre y 50 habitaciones más en el anexo (200 plazas). La adquisición de La Cuadrada –regenteada durante varios años por la reconocida Sonia De Francisco–, para la realización de un proyecto que estará vinculado al edificio central, aún permanece en estudio pero genera las lógicas expectativas.

Hay ideas que suenan bien en un título y mejor todavía en una foto: un senador, cuatro universidades, una mesa de café y una palabra que funciona como paraguas conceptual de todo lo demás. Esta vez fue “Destino Educativo”. Y el encargado de ponerla en circulación fue el senador provincial Maximiliano Abad, que volvió a sentar a actores clave de la ciudad alrededor de una propuesta que mezcla ambición, oportunidad… y no pocos interrogantes. El escenario elegido no es casual. Chapadmalal aparece otra vez como ese territorio donde todo parece posible: desde la recuperación del turismo social hasta su reconversión en distrito universitario. La idea de instalar un campus en uno de sus hoteles no es nueva, pero empieza a tomar volumen político en un momento en que la ciudad busca reconfigurar su matriz productiva sin terminar de encontrar la fórmula.

Abad habla de articular educación, producción, turismo y deporte. Traducido: estudiantes que lleguen, se queden, consuman, circulen y –en el mejor de los casos– se radiquen. No es menor. Mar del Plata hace años que coquetea con la idea de convertirse en un gran polo universitario. Las casas de altos estudios locales –Universidad Nacional de Mar del Plata, Universidad Fasta, Universidad Caece y Universidad Atlántida Argentina– escucharon, aportaron y, sobre todo, no se levantaron de la mesa. En tiempos en que cada institución cuida su quintita, el dato no es menor: hay voluntad de conversación. Ahora bien, entre la idea y la ejecución hay un trecho que en la Argentina suele ser más largo que la Ruta 2. ¿Quién financia la transformación de Chapadmalal? ¿Bajo qué modelo de gestión? ¿Qué rol juega el Estado nacional en un contexto de ajuste? ¿Y qué incentivos reales habría para atraer estudiantes de otras provincias o del exterior?

El concepto de “Destino Educativo” tiene potencia. Funciona en ciudades medianas del mundo que lograron construir identidad alrededor del conocimiento. Pero también exige planificación, inversión sostenida y algo que en la política local escasea: continuidad. Por ahora, la movida de Abad ordena una conversación que estaba dispersa y vuelve a poner a Chapadmalal en el radar. No es poco. En una ciudad acostumbrada a proyectos que nacen con entusiasmo y mueren en silencio, que al menos se esté discutiendo un horizonte productivo distinto ya es, en sí mismo, una noticia. Después vendrá lo más difícil: pasar del power point a la obra. Y ahí, como siempre, se verá si el “Destino Educativo” es una política de Estado… o apenas otra estación de paso en la larga historia de las buenas intenciones marplatenses.

El fin de semana largo dejó en Mar del Plata una sensación conocida, pero no por eso menos inquietante: la ciudad se movió, pero no traccionó. Hubo gente, sí. Pero sin volumen. Sin derrame. Sin ese clima de “minitemporada” que supo tener incluso en otoño. Lo que se vio fue otra cosa: visitantes de cercanía, llegadas sin reserva, estadías cortas y consumo medido. Mucho paseo, bastante mate, poca caja. Un esquema que empieza a repetirse. El dato no es solo que el fin de semana fue flojo. El dato es que confirma una tendencia: el turismo que viene es más austero, más espontáneo y bastante menos rentable para la ciudad. Mar del Plata, que históricamente jugó en la liga del volumen –muchas camas, mucha gastronomía, mucha rotación–, empieza a sentir el impacto de un visitante que ocupa menos noches y gasta menos por día. Y ahí aparece el problema. Porque la estructura de costos de la ciudad no se achica al ritmo del consumo.

Hoteles que cierran parcialmente en invierno. Restaurantes que acortan horarios. Comercios que dependen cada vez más del fin de semana. Todo en modo defensivo, esperando que algo –el clima, un feriado, una promo– empuje la aguja. Pero este fin de semana dejó otra señal: ni siquiera el feriado alcanza si no hay un incentivo claro. Hoy el turista no viaja “porque sí”. Viaja si hay evento, si hay descuento, si hay una razón concreta que justifique el gasto. Y Mar del Plata, fuera de temporada, todavía no termina de construir esa excusa. La ciudad tiene oferta, tiene infraestructura y tiene marca. Pero le está faltando algo más quirúrgico: generar motivos puntuales para venir cuando el calendario no ayuda. “No te digo organizar un show de Shakira como sucedió en Copacabana con dos millones de espectadores y generando ingresos millonarios para Río de Janeiro, pero es fundamental ofrecer atractivos que actúen como gancho”, acotaba el propietario de un restaurante del puerto el domingo a la noche, compartiendo mesa con amigos. Mientras tanto, el invierno asoma con pronóstico reservado. Menos anticipación en las reservas. Más dependencia del clima. Más peso del turismo de cercanía. Y un consumidor que compara, ajusta y decide a último momento. En ese contexto, la pregunta ya no es cuánta gente viene. La pregunta es cuánto deja. Porque el riesgo no es la falta de movimiento. El riesgo es la baja intensidad económica de ese movimiento.
