Trabajo y territorio, el arraigo como condición de desarrollo

Todo trabajo sucede en algún lugar. Puede parecer una obviedad, pero conviene decirla, porque buena parte del debate contemporáneo sobre el trabajo se construye como si esa condición hubiera dejado de importar. La digitalización, las plataformas y la dispersión de tareas dan la impresión de que el trabajo puede desprenderse de su territorio sin consecuencias, como si bastara con que la actividad ocurra para que su efecto se produzca en cualquier parte.
Sin embargo, aun en sus formas más desmaterializadas, el trabajo sigue ocurriendo en un lugar concreto, con una comunidad concreta alrededor, aunque esa comunidad ya no siempre sea la que recibe lo que ese trabajo genera.
Es ahí donde aparece una distinción que conviene precisar: no es lo mismo el valor que un trabajo genera que el valor que un territorio retiene. Un trabajo puede producir riqueza real, medible, significativa, y aun así dejar poco a su paso si esa riqueza circula hacia otro lado: hacia una casa matriz distante, hacia un circuito financiero desligado de la actividad que le dio origen o hacia una cadena de decisiones que no responde a la lógica del lugar donde el esfuerzo ocurrió. El arraigo no es, entonces, una cualidad del trabajo en sí, sino del vínculo entre ese trabajo y lo que su territorio logra retener de él: ingresos que se reinvierten cerca, proveedores que se sostienen, oficios que se transmiten, infraestructura que permanece. Cuando esa retención existe, el trabajo construye lugar. Cuando no, el esfuerzo puede repetirse durante años sin que el territorio termine pareciéndose más a lo que ese esfuerzo produjo.
Esa distinción vuelve visible una tensión que no conviene disolver con facilidad. Existen formas de trabajo y de capital que se desplazan con enorme liviandad: el capital financiero puede reubicarse en horas; ciertos servicios digitales pueden prestarse desde cualquier punto sin alterar su valor; algunas modalidades de plataforma organizan tareas sin necesitar arraigo alguno en el territorio donde esas tareas se ejecutan. Y existen otras formas que dependen del territorio de un modo mucho más estructural, porque su propia lógica de funcionamiento las ata a un lugar: una planta productiva, una explotación agropecuaria, un servicio esencial no se trasladan de un día para el otro. Esa asimetría no es menor, porque significa que la movilidad no es un atributo neutral: quien puede moverse con libertad negocia en mejores condiciones que quien está atado a un territorio, y esa diferencia de poder termina, muchas veces, definiendo cuánto retiene cada comunidad de lo que en ella se produce. No se trata de jerarquizar una forma de trabajo sobre otra, sino de reconocer que no todas construyen arraigo con la misma intensidad, y que esa diferencia tiene consecuencias sobre quién sostiene, en definitiva, la vida de un lugar.
El arraigo, en el fondo, no es solo una cuestión geográfica: es una forma de pertenencia que se construye con el tiempo y se pierde con relativa facilidad. Así como el trabajo ordena el tiempo compartido —los horarios, los descansos, los ritmos que hacen posible encontrarse con otros—, también puede ordenar el espacio compartido, cuando logra sostener barrios, ciudades y regiones que existen, en buena medida, porque el trabajo que allí se realiza vuelve, de algún modo, a ellas mismas. Un territorio puede tener actividad intensa y, aun así, no tener arraigo: puede haber producción, movimiento, empleo y, sin embargo, una comunidad que no logra reconocerse como destinataria de lo que ese trabajo genera. Ese desacople, cuando se sostiene en el tiempo, erosiona algo más profundo que la economía local: erosiona la idea misma de que ese lugar es un proyecto compartido.
Pensar el desarrollo sin pensar el arraigo es, quizás, pensar solo la mitad del problema. No alcanza con que una sociedad produzca valor: importa también si ese valor echa raíces, si construye lugar, si vuelve a quienes lo generaron o se aleja hacia otras lógicas. El desarrollo no consiste solamente en producir más, sino también en lograr que una parte de aquello que se produce permanezca, circule y construya comunidad allí donde se produce.
¿Puede haber desarrollo genuino donde el trabajo no logra arraigarse en el territorio que lo hace posible?
Miguel Rojas
Profesor en Ciencia Política. Diplomado en Relaciones Laborales. Trabajador, militante.
Por redacción Noticias MDP. Fuente original: Trabajo y territorio, el arraigo como condición de desarrollo.
