Arturo Pérez-Reverte: “La democracia estorba a muchísima gente”
Tiene 75 años, una vida hecha de guerras, literatura y desengaños, y la certeza de que el mundo va en la dirección equivocada. Arturo Pérez-Reverte llegó a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires para presentar “Misión en París”, la décimocuarta entrega de las aventuras del capitán Alatriste, después de casi catorce años de silencio con ese personaje. Pero la conversación fue mucho más allá de la novela.
En una extensa charla con Agenda Real, el programa de streaming de LA CAPITAL y Canal 8, Pérez-Reverte habló como lo que es: un hombre que cubrió nueve guerras, que vio arder bibliotecas y caer imperios, que dejó el periodismo cuando entendió que sus crónicas competían con los partidos de fútbol. Un escritor que mira el presente con los ojos de quien ha leído demasiada historia.
La conversación con los periodistas Marcelo Pasetti y Mariano Suárez arrancó con Alatriste y terminó en Milei, pasando por Silicon Valley, Soriano, Malvinas, la estupidez voluntaria y una pareja en un café que estuvo veinte minutos sacándose selfies.
“La ignorancia en Occidente es hoy voluntaria. Y eso es un delito cultural, humano, social”, afirmó el escritor español durante una extensa charla con Agenda Real, el programa de streaming de LA CAPITAL y Canal 8.
El regreso de un viejo amigo
—Catorce años sin escribir sobre el capitán Alatriste. ¿Cómo se vuelve después de tanto tiempo?
—Ha habido varios factores. Uno es que hay lectores de Alatriste muy fanáticos, gente que hasta me insultaba porque no había seguido con la saga. Hay quien se tatuó frases o incluso la imagen de Alatriste, y eso me presionaba mucho. Los editores me dijeron: ‘Se cumplen treinta años de Alatriste, quizás es un buen momento’. Yo dudaba. Pero dije: al fin y al cabo, vamos a ver si soy capaz de recuperar el contacto con el viejo amigo. Me leí otra vez todos los Alatriste –yo nunca leo mis libros–, empecé a documentarme, y dije: ‘A ver si soy capaz de recuperar el tono’. Estaban los mosqueteros de Alejandro Dumas, había un montón de alicientes. Y así salió “Misión en París”.
“A mí no me queda mucho. Alatriste todavía tiene que ganarse la vida día a día”
—¿Quién cambió más en este tiempo, Alatriste o usted?
—Yo. Yo cambié más. Alatriste todavía tiene futuro, todavía le queda vida por delante. A mí no. Tengo 75 años, una vida hecha. No sé lo que me queda, me queda poco. Alatriste todavía tiene que ganarse la vida día a día.
—El mundo que Alatriste habita es más sucio, más desprolijo, más peligroso que el de Dumas. ¿Qué mundo ve hoy?
—No es un mundo simpático. Yo viví mucho: salí de casa muy joven con una mochila, estuve en África, en Asia, en América. Después, una vida profesional larga. Y todo aquello me marcó. Mi concepto de la historia, del presente, de todo, no es muy optimista. Cuando has leído historia y sabes reconocer los síntomas, te das cuenta de que vivimos en un momento que no es el más prometedor. Estamos al final de un ciclo, un ciclo que fue muy hermoso en su momento y que se está acabando. Vienen tiempos duros. No hay vuelta atrás: ninguna decadencia tiene vuelta atrás.
“Hoy la estupidez se ha adueñado de todo y las redes sociales contribuyen enormemente a eso”
—¿Y cuál es el gran mal de ese ciclo que se termina?
—El gran mal de la humanidad en este momento –y hablo de Occidente, de Europa, lo que incluye a Argentina– es que olvidamos el pasado. Lo usamos como arma arrojadiza, como reproche, como elemento polémico para nuestros intereses, pero nunca como lección. Y el pasado es, sobre todo, una lección. Por eso repetimos los mismos errores, caemos en las mismas trampas en las que siempre hemos caído. Estamos enfrentando crisis tremendas sin el rigor que da el conocimiento de la historia.
La estupidez como crimen
—En sus columnas habla mucho de la estupidez. ¿Es más peligrosa que la maldad?
—La estupidez es más peligrosa. Sin duda. El mal del mundo no son los malos: a los malos se les puede localizar, tienen nombre. El estúpido es absolutamente manipulable. Los grandes males de la humanidad en este momento vienen por la estupidez, no por la maldad. La maldad siempre existió, pero siempre hubo también cabezas lúcidas que la combatían, gente que procuraba defenderse. Hoy la estupidez se ha adueñado de todo y las redes sociales contribuyen enormemente a eso. Cuando juntas a un malvado con mil estúpidos, tienes mil malvados.
—¿Y esa estupidez es involuntaria o tiene algo de elección?
—Ahí está la trampa. Hace cien años, un campesino analfabeto que incendiaba la iglesia del pueblo tenía motivos: había ignorancia, falta de oportunidades, una cantidad de cosas que justificaban esa actitud. Ese pretexto hoy ya no existe. En Occidente, el que es ignorante es porque quiere. Cualquiera que lo desee puede tomar el teléfono durante media hora en el colectivo y aprender cosas que no conoce. Y no lo hace. Usa ese tiempo para los ocho minutos de atención que se ha demostrado que es lo que hoy tiene el ser humano frente a las redes sociales. La ignorancia hoy es a menudo voluntaria. Y eso es un delito cultural, humano, social. El otro día estaba en un café y tenía enfrente a una pareja. Ella estuvo veinte minutos haciéndose fotos con el teléfono, revisando cómo había quedado, cambiando de postura. El novio, sumiso, haciendo de fotógrafo. Es una tontería, sí. Pero es un símbolo muy importante del mundo en el que vivimos. El ser humano tiene lo que merece tener. Nuestros abuelos sabían valorar un vaso de vino, una cama, una felicidad, unos hijos. Eran trascendentes. Ahora somos de una frivolidad, creemos que todo nos está permitido, que todo se nos debe. Somos peores personas que nuestros antepasados más recientes.
Pérez-Reverte, en la presentación de la Feria del Libro de Buenos Aires.
Los tiranos con zapatillas de deporte
—¿Dónde ubica a figuras como Trump o Putin en este diagnóstico?
—Trump, Putin no son más que manifestaciones, son síntomas de una enfermedad más grave, más profunda y más oculta. Ahora los verdaderos tiranos no son dictadores de escopeta y bandera. Eso es un error, una trampa. Los que realmente gobiernan son esos tipos encorbatados con zapatillas de deporte de Silicon Valley, los grandes financieros. La democracia les estorba. Les estorba mucho, porque la democracia, los derechos, las libertades impiden que el negocio funcione como debe funcionar. Entonces el mundo está en guerra contra eso, y somos cómplices nosotros también.
—¿Incluye a Milei en ese grupo?
—No sé de quién me estás hablando.
—En otro aspecto, usted cubrió casi una decena de guerras. Hoy las vemos por celular, por drones, por redes. ¿Se entiende más o menos la guerra?
—Menos. Antes un reportero iba a los lugares para contar. Yo llegaba a Sarajevo, a Angola, a Nicaragua, a Argentina cuando la guerra de Malvinas, y contaba lo que había. Una información limpia, no sesgada. Decía: ‘Hoy han muerto 26 personas en Sarajevo, y aquí están’. Y además las bombas me caían a mí también, con lo cual estaba pagando el precio para certificar que era real. Esa ecuanimidad, esa limpieza de la fuente ha desaparecido. Ahora ya no hay reporteros en las guerras, o muy pocos. Las cuentan los celulares de los soldados, los drones, las cámaras del frente. Todo eso te lo dan los bandos. Ya está sesgado, ya no es fiable. Han llegado a meter imágenes de videojuegos entre imágenes reales de guerra. Ya no puedes distinguir.
—¿Por qué dejó el periodismo?
—En la guerra de los Balcanes me di cuenta de que el mundo estaba cambiando. Yo había estado en una matanza, no sé, veinte muertos, veinticinco muertos. Los mandé y me dijeron: ‘No va a salir porque hay una final de fútbol’. O me decían: ‘Son muchos muertos. A la hora del telediario del mediodía la gente está comiendo en casa, deberías cortarte un poco’. Me di cuenta de que no me iban a matar para que el espectador viera treinta segundos de imágenes que iba a olvidar mientras veía el partido. Eso fue una de las razones por las que me fui.
Péréz-Reverte, en la Feria de Buenos Aires, firmando ejemplares de “Misión en París”.
Malvinas: la única guerra en la que perdió la ecuanimidad
—Cubrió Malvinas y dijo que fue la única guerra donde no pudo mantener la equidistancia. ¿Por qué?
—Porque los soldados se llamaban Sánchez, Pérez, Martínez. Eran hijos de gallegos, de asturianos, de italianos. Eran mis primos hermanos. Frente a los anglosajones, que no son precisamente mi gente favorita. Para mí fue una tragedia, porque yo sabía que si la Junta ganaba la guerra, eso la iba a reforzar. La guerra tenía que perderse para que Argentina fuera mejor. Y al mismo tiempo no podía evitar sentirme del lado de esos chicos. Recuerdo el día que le dieron al Invencible. ‘¿Cómo le hemos dado?’, me corrigieron desde España Ahí me traicioné. No tuve la ecuanimidad que debería haber tenido pero de todos modos, no reniego de eso.
—¿Y cuál fue el peor momento de esa guerra?
—Yo vivía en el hotel Sheraton de Buenos Aires y transmitía mis crónicas en Entel, en la calle Florida. Un día, yendo hacia allí, escucho un grito: ‘¡Gol!’. Había un partido, no sé de qué torneo, y la gente festejó. Y dije: ‘Dios mío. Mientras están muriendo chicos en Malvinas, Argentina está pendiente del fútbol’. Recuerdo que pensé: ‘Igual no merecen ganar esta guerra’. Quizás el momento más triste mío de toda esa guerra fue eso.
—¿Entrevistó a Galtieri?
—Fuimos un par de periodistas a verlo. Olía a alcohol, a vino, lo recuerdo perfectamente. Y dijo dos tonterías, dos simplezas: ‘Vamos a ganar, los ingleses, tal’. No pareció un hombre interesante ni inteligente. Hice mi trabajo con él. Pero hay otra historia de Malvinas que me marcó más profundamente. En 1977 había viajado a la Antártida y conocí a bordo de un barco a un grupo de jóvenes oficiales de Marina: simpáticos, apuestos, que tocaban el piano y bebían con nosotros. Cuando vine a cubrir Malvinas, esos tipos me facilitaron un montón de cosas, eran mis contactos. Nunca hablaron delante de mí de la guerra sucia. Años después, salió en los diarios la lista de la ESMA. Estaban todos ahí: Cavallo, Astiz… Los había conocido antes.
“Lo mejor que puede hacer un ser humano hoy es educar a sus hijos para el desastre”
Envejecer con dignidad, o no
—Acaba de escribir una columna sobre envejecer con dignidad. ¿Qué es lo primero que uno deja de tolerar cuando envejece en serio?
—La estupidez. Lo que más me subleva, lo que me quema la sangre, lo que me da ganas de quemar cosas es la estupidez. La esclavitud voluntaria. Antes me indignaban la maldad, la incompetencia. Ahora me indigna el estúpido que elige serlo. Porque la estupidez es corregible, a diferencia de otras cosas. Y sin embargo no se corrige.
—¿Y en ese sentido cómo ve a las nuevas generaciones?
—Nuestros hijos van a ser peores que nosotros. Nuestros nietos, peores aún. En cuanto a lucidez intelectual, en cuanto a saber afrontar el dolor, la enfermedad, el mal. Nuestros abuelos sabían que la gente moría, que había enfermedades sin cura, que el mundo es un lugar peligroso. Ahora lo ocultamos todo. Pixelamos al muerto en las imágenes de Ucrania para que no se vea que está muerto. Tapamos la realidad con algodones, con cuentos de hadas. Y eso deja a las nuevas generaciones completamente indefensas cuando llega el dolor. Y siempre llega. Lo mejor que puede hacer un ser humano hoy es educar a sus hijos para el desastre. No hacerlos pesimistas ni amargos, sino prepararlos: un botiquín que son libros, memoria, lealtades, amor, amistad. Con eso se construye una balsa para sobrevivir cuando venga el naufragio. Y va a venir.
Pérez-Reverte, presentando la nueva aventura de Alatriste en Buenos Aires, junto a Jorge Fernández Díaz.
Buenos Aires: el eco de la vieja Europa
—Viene seguido a Argentina, a veces de incógnito. ¿Qué lo atrae de Buenos Aires?
—Buenos Aires es otra cosa. Para mí, cuando viajo catorce horas, sigo estando en Europa. No noto casi ninguna diferencia. Esta ciudad todavía tiene ese eco, ese aroma de la vieja Europa que hizo posible el Buenos Aires culto y brillante que fue. Ayer estuve por Corrientes, entré a librerías, tomé una pizza en Los Inmortales. Todavía, si uno se fija, si uno rasca, si uno se detiene a mirar, es posible detectar ese Buenos Aires. Ni los unos ni los otros han podido matarlo. Me cierran La Munich y me duele, pero todavía desayuno en La Biela, camino por Corrientes, me siento en la Recoleta. Ese Buenos Aires que fue la Europa, mientras España se ha desculturizado de manera atroz, todavía late aquí de alguna manera.
“Leer a Soriano es entender a Argentina. Yo entiendo a Argentina porque leí a Soriano”
—¿Y tiene algo de personal ese vínculo?
—Mi padre era un chico elegante, guapo, de los años treinta. En su época el tango era fundamental: si uno quería brillar en sociedad, tenía que ser buen bailarín. Mi padre era magnífico. Yo crecí oyéndolo cantar tangos mientras se afeitaba, contarme cosas. Para mí el tango siempre fue un vínculo emocional con Argentina. Cuando vine por primera vez, en los años setenta, ya llegué con esa predisposición. Fui a Corrientes 348 a ver qué era aquello. Y ahí se creó un vínculo que se mantiene hoy.
Una deuda con Soriano
—¿Qué lugar ocupa el marplatense Osvaldo Soriano en su biblioteca argentina?
—Leer a Soriano es entender a Argentina. Yo entiendo a Argentina porque leí a Soriano o porque hoy leo a Jorge Fernández Díaz que es quien mejor cuenta la Argentina. Nunca nos vimos en persona con Soriano, hablábamos por teléfono. Me decía que estaba muy triste porque la intelectualidad oficial argentina lo despreciaba. Todos los que no vendían un libro, pero eran la crema intelectual, lo miraban por encima del hombro. ‘Ah, vende libros, es vulgar’. Y sin embargo, cuando Soriano murió, los mismos que lo despreciaban escribieron los prólogos a sus obras completas. Los que yo había visto despreciarlo delante de mí se apuntaron al cortejo fúnebre. No perdono eso. Es una deuda que tengo y que procuro recordar de vez en cuando.
—También lo unía algo con Roberto Fontanarrosa…
—El muy cabrón me dejó plantado en una presentación. Estábamos allí, todo muy bien, y de pronto dijo: ‘Arturo, perdóname, pero es el partido’. Jugaba su Rosario Central. Y se levantó y se fue. Toda la vida me llamó después a contarme el episodio. Pero con otro habría sido un escándalo. En él era tan natural todo, lo hacía todo tan naturalmente, que ni me enfadé ni nadie se enfadó. Al contrario, nos reímos, hubo aplausos y se fue a ver su partido. Era un tipo maravilloso. Tengo en mi casa un dibujo que me hizo dedicado, Boogie el Aceitoso con su pistola.
“Sin un libro de por medio, nunca hay felicidad”
La felicidad, al final
—Con todo ese pesimismo encima, ¿qué le genera felicidad hoy?
—El mar. Navegar. Un viento de quince nudos, todas las velas arriba, un libro con el piloto automático puesto, y yo leyendo con un atardecer bonito. Estar lejos del mundo, de la gente, de los seres humanos. Recordar, leer. Sin un libro de por medio, nunca hay felicidad. Yo llevo siempre un libro a donde voy, me siento en la parada del colectivo, en un bar, en el dentista, siempre un libro. Y antes había otras cosas que también me hicieron muy feliz: el cuerpo de una mujer en el contraluz de una ventana en Venecia, con los pozos ardiendo en Kuwait. La sonrisa de un amigo, una copa, un cigarrillo. Saber que has hecho un buen reportaje que va a salir en primera página. Salir de Sarajevo cruzando el Sniper Alley mientras te disparaban, llegar vivo a Split y decir: ‘Estoy vivo. Puedo seguir bebiendo, amando, leyendo’. Eso es la felicidad: ser feliz y darte cuenta mientras lo sos.
