Eduardo Blanco: “En estos tiempos, la mirada positiva de la vida me parece imprescindible”
“Empieza con D, Siete Letras”, obra dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por Eduardo Blanco, Victoria Almeida y Gastón Cocchiarale, se presentará en Mar del Plata. La propuesta viene precedida por el éxito en Buenos Aires, para dos funciones en la sala Astor Piazzolla del Teatro Auditorium, el viernes 22 de mayo a las 20:30 y el sábado 23 a las 21:30.
La historia se sitúa en la sala de espera de un consultorio dental, donde dos personajes se encuentran de manera inesperada: Miranda Delgado, una profesora de yoga en sus cerca de sus 40, verborrágica, carismática y con un humor tan afilado como su lengua; y Luis Cavalli, un médico retirado en sus 60, viudo y todavía buscando el manual de instrucciones para entender su nuevo mundo.
Entre risas, ironías y momentos profundamente humanos, su relación se convertirá en una montaña rusa emocional, donde el amor y el humor son los protagonistas principales.
En su primera obra original desde “El cuento de las comadrejas”, el director —junto a Cecilia Monti— propone, con su optimismo característico, una mirada sobre los vínculos, el paso del tiempo y la posibilidad de volver a empezar.
Eduardo Blanco profundizó sobre los temas que aborda la obra y el trabajo con Campanella, en una charla con LA CAPITAL, en la que estuvo presente el recuerdo de Luis Brandoni, su compañero de tantos años en Parque Lezama, otra puesta adaptada y dirigida por Campanella que este año estrenó su versión película disponible en Netflix.
Blanco ha trabajado con el autor y director en gran cantidad de proyectos: “El mismo amor, la misma lluvia”, “Luna de Avellaneda”, “El Hijo de la Novia”, “Vientos de agua” —de la que el actor fue también productor— y todas comparten, según definió, el sello Campanella: la mirada positiva sobre la vida.
El “sello” Campanella
—¿Cómo definirías Empieza con D, Siete Letras?
—Yo diría que es una obra con todo el sello Campanella. A todos aquellos que les guste Campanella, van a encontrar una historia de vida, una comedia romántica, una comedia dramática, como la quieras titular. Pero el tema es las circunstancias que juntan las personas, que nadie las conoce, a veces suceden, y dos personas que a lo mejor uno podría pensar que no tienen ninguna posibilidad de conocerse, se conocen. Hay que ver qué pasa después, por lo menos en los términos del amor, que también tiene sus circunstancias —por ejemplo, el hijo de mi personaje o el exmarido de ella— que a veces ayudan y a veces hacen todo lo contrario, para que uno pueda perseguir lo que desea, o encontrarse con aquello que de pronto le sucedió en la vida, y que a uno cree que le puede hacer bien.
—La obra pone el foco en los vínculos.
—Habla de los vínculos y lo hace con mucho humor, porque para Campanella el humor es un sello fundamental. A pesar de lo que pase y, sin duda, mientras te reís, te va recorriendo, porque no vas a poder no sentirte identificado con algo, te va recorriendo a veces una fibra emocional, y te va invitando a que te repreguntes cosas propias. Yo como espectador gozo mucho de ese tipo de obras y cuando las hago como actor también, y como ya llevamos la experiencia de hacerlas ya durante muchas funciones, tenemos ya la experiencia de saber lo que le pasa a la gente con esta obra, y la verdad que lo que le pasa es maravilloso.
—En la obra aparece el encuentro, como vos decís, pero ese improbable. Al igual que en Parque Lezama.
—Yo creo que sí, el encuentro entre las personas, yo creo que en las sociedades, en estos tiempos, o sobre todo en las ciudades —a lo mejor en el campo, en algún pueblito, capaz que no pasa tanto— donde está la sumatoria de seres anónimos, diría yo, los encuentros a veces producen miedo, producen temor, y en estas épocas de Tinder e Instagram, más todavía, por lo menos es una percepción que yo tengo, a lo mejor equivocada. Yo estoy en pareja y no uso esos recursos para vincularme, pero me da esa sensación, esa percepción. Entonces, qué maravilla cuando se puede dar un encuentro, es casi un milagro, diría yo. Porque más allá de las diferencias y más allá de todo, tenemos un hilo conductor que somos habitantes del mismo espacio, somos todos seres humanos. Hay un montón de cosas que parecen una tontería, una obviedad, pero a veces vale la pena pensarlo, porque parecemos todos tan extraños, tan diferentes, tan alejados, y que cualquier idea que no sea igual a la mía, parece que genera crisis. Creo que tenemos que trabajar mucho esto ya a nivel general, la tolerancia, ejercitar los acuerdos, entender que para acordar algo con alguien hay que renunciar a algo cada uno, porque si no, no se puede acordar.
—También aparece la dificultad de ponerse en el lugar del otro.
El equipo completo de “Empieza con D, Siete Letras”: Gastón Cocchiarale, Victoria Almeida, Juan José Campanella, Eduardo Blanco y Cecilia Monti.
—Sí, yo eso lo observo ya desde hace tiempo, y lo observo de manera lamentable. Lo que pasa es que a veces vivimos con tantas urgencias, con tantas necesidades que se le hace difícil a la gente entender que hay un otro, y que vivimos todos en sociedad, y hay cosas que compartimos, y que inevitablemente son de todos. Como el Estado, la sensación que uno tiene, normalmente, es que la gente piensa que el Estado no es de nadie, cuando es exactamente al revés. El Estado es de todos. Y todo aquello que compartimos lo nuclea el Estado.
—De todas formas, en las obras de Campanella, si bien se abordan estos conflictos, suele haber una mirada optimista.
—Yo siempre le digo a Juan, una de las cosas que más me gusta de hacer sus obras es que él en todos sus trabajos, pase lo que pase, siempre terminan con una mirada positiva sobre la vida: en “Luna de Avellaneda”, después de que el club tuvo que cerrar, de la crisis, de que el hijo se va a España, la película termina con una pregunta: ¿cómo se arma un club nuevo? En “El Hijo de la Novia”, después del infarto, de todo lo que pasó, él comienza con un nuevo proyecto de un restaurante propio. A mí, la verdad, que en estos tiempos, la mirada positiva de la vida me parece más que necesaria. Imprescindible te diría.
—¿Qué lugar ocupa el teatro en ese sentido?
—A mí, por lo menos como espectador, me gusta sentarme en una butaca y que me sorprendan con una historia que me atrape, y que más allá de divertirme, entretenerme, emocionarme, o lo que quiera que me pase, que me invite a preguntarme alguna cosa, a mí me encanta eso, yo creo que en ese sentido nuestra obra te invita por lo menos a sentirte identificado con algunas cosas que te pueden hacer preguntas. Y nos ha pasado con Parque Lezama y con esta obra, que hay gente que trae a otra gente, por la necesidad de compartirla, porque da la sensación como de un abrazo colectivo.
—La obra también pone en escena a un personaje mayor como sujeto de deseo.
—Mi personaje de Luis Cavalli está recién jubilado, tiene toda la vitalidad, toda la energía, pero da la sensación que ya se terminó todo y que ya por delante qué queda, porque se acaba de jubilar, un tipo que fue exitoso profesionalmente hablando, y acaba de enviudar, pero tiene 67 años, o sea, se supone o presupone que para algunas cosas ya está grande, sin embargo, la vida, cuando uno está dispuesto a que lo sorprenda, a veces para bien, a veces para mal, pero la vida te puede sorprender.
—En algún punto es similar a lo que pasa en “Parque Lezama”, que pone a dos protagonistas mayores.
—Yo creo que en este caso la película “Parque Lezama” es absolutamente contracultural. Dos señores de 85 años sentados en un banco de un parque charlando, sin tiros, sin explosiones, sin vuelcos de autos, en fin, nada, dos señores que además, en general, absolutamente descartables para la sociedad, de manera que la sensación de que la vida ya se terminó, porque para la sociedad, una vez que te jubilaste o que ya no tenés la energía que tenías antes, ya está, pero no, la vida sigue hasta el último momento, hasta el último instante, ni un minuto antes, creo que es la esencia de la película.
—¿Cómo es trabajar con Campanella, conociéndose tanto?
—Claro, nos conocemos desde los 19 o 20 años, y hemos trabajado mucho en cine, teatro, televisión. Se facilita mucho, yo entiendo todo lo que quiere y él sabe que yo entiendo lo que me puede pedir, es una dinámica muy placentera para mí, primero porque soy amigo, segundo porque soy admirador, me encantan las historias que él cuenta, me encantan los personajes que él me escribe.
El recuerdo de una serie “siempre viva”
En la larga lista de colaboraciones entre Eduardo Blanco y Juan José Campanella, se encuentra “Vientos de agua”, una miniserie que se estrenó en 2006 y que actualmente forma parte del catálogo de Netflix.
Contada en dos tiempos (1934 y 2001), sigue la historia de la familia Olaya, trazando un paralelismo entre la emigración de Andrés, un minero español que emigra a la Argentina y la de su hijo, Ernesto, quién en 2001, emigra a España.
“Estábamos en pleno éxito de ‘El hijo de la novia’, la fuimos a presentar a España y caminando por Gran Vía, en Madrid, una zona en la que hay siempre cualquier cantidad de gente, nos paraban argentinos y nos contaban ‘soy arquitecto, soy abogado’, todos estaban buscando una oportunidad allá. Eso nos llevó a pergeñar esa historia.
Cuando se estrenó, sufrimos mucho, yo fui uno de los que produjo. La cambiaban de horario, la anunciaban a las 10 y empezaba media hora después con suerte, la cambiaron de día, era una época muy traumática para la televisión y queríamos que funcione bien, pero era difícil durante el mundial de fútbol en Alemania. Pero fue muy curioso, porque tiene 20 años esa serie y siempre estuvo viva, de alguna forma u otra, la gente la ve y te llegan comentarios”, recordó.
