Itinerarios de lectura: la cocina de un cuento
Por Nomi Pendzik
Varios autores, como el dominicano Juan Bosch o nuestro Julio Cortázar, sostienen que escribir un buen cuento es “tarea ardua” –y vaya si lo es–, pero explican la actividad como si se tratara de algo sencillo. Según ellos, primero se define el tema, que puede partir incluso de una circunstancia trivial o cotidiana –como es el caso del cuento que hoy veremos, el de una profesora tomando un taxi–. Pero eso es solo el principio: también Bosch y Cortázar coinciden en que es preciso conseguir la intensidad y la tensión necesarias para que la situación vaya creciendo, para que despunte casi imperceptiblemente la historia subterránea de la que hablaba Piglia en su Tesis sobre el cuento –ver nuestra Visita Guiada titulada Un cuento perfecto–.
Intensidad y tensión. Pensemos en cualquier buen relato, y descubriremos estas dos características. Así las define Cortázar en su magnífico ensayo Aspectos del cuento: “La intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige”. Y la tensión es “una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado”.
Sobre estas dos propiedades del cuento trabajó la narradora Gabriela Di Giácomo (Mendoza, 1960) con Marcelo di Marco en el Taller de Corte y Corrección, para concretar el tenso relato que les presento hoy.
Veamos las etapas de su escritura, a las que tuve discreto acceso, por derecho matrimonial. La primera versión tenía menos de cuatrocientas palabras, y se notaba que era un boceto: había una situación inquietante, aunque sin explicación ni resolución. En la versión siguiente decidieron agregar algunos elementos que definieran mejor esa situación. Pero el relato resultó demasiado explícito, con momentos que distraían del camino principal. Entonces pusieron a trabajar a la Santa Tijera, y cortaron “ideas o situaciones intermedias”, al decir de Cortázar: todo aquello que el lector podía inferir o deducir por su cuenta. Por ejemplo, eliminaron un párrafo entero, que decía:
“Siente –con o sin razón, ¿no?– que algo malo va a suceder. Y detesta que la situación se le vaya de las manos. No puede controlarse. Y el corazón le late a mil, y en la calle sigue sin haber nadie”.
Cuando lean el cuento, que les presento en versión completa, verán que esa aclaración es innecesaria, que ya se adivina la aprensión en las acciones y las palabras de la protagonista. El miedo creciente, la manifestación corporal de ese miedo, podemos incorporarlos desde nuestra imaginación. Así llenamos los huecos de información y sacamos nuestras conclusiones a partir de la información dada, atrapados por la intensidad del relato, por la tensión con que se ha medido cada palabra. En esa maravillosa sinergia entre autor, texto y lector, nos convertimos en coautores. ¡Y qué felicidad este gozoso trabajo de un lector sensible y pensante, en medio de un universo de eslóganes, lugares comunes y textos blanditos como papilla hervida!
Gabriela Di Giácomo, autora del cuento Pobre Lili.
Pobre Lili
de Gabriela Di Giácomo
El taxi avanza despacio, bordeando el cordón y haciéndole luces. Evidentemente, viene hacia ella. Duda, porque no lo llamó. Pero acaba de perder el primer micro, y hace mucho frío, y la calle está demasiado desierta para una mujer sola y de edad.
Se decide, abre la puerta y entra. El desodorante que cuelga del retrovisor le hace picar la nariz. El taxista la mira por el retrovisor:
—Va para la terminal.
—Vamos para la terminal.
—No parece muy contenta.
Y a vos qué te importa, nene, le dan ganas de decirle, y el tipo pone primera y avanza entre los pocos autos que circulan a esa hora.
—Va y vuelve en el día.
—Voy y vuelvo en el día. Pero…
Van atravesando la ciudad de punta a punta, y ahora el tipo acaba de tomar una calle que ella no conoce. Ni se anima a preguntarle. Él sabrá lo que está haciendo. Pero ella no puede mentirse a sí misma: la idea de bajarse la va ganando. Pero quién me levanta a esta hora si me bajo. Y no está ni para llamar a un Uber: salió con el celular sin batería. Pensaba cargarlo en Sala de Profesores. Y bueno, mejor interactuar. Aparentar que está todo bien. El tipo no es tan raro como parece. Es un taxista más, a lo mejor con ganas de hablar para no aburrirse.
—Si pudiera —dice, y se quita la cutícula del pulgar—. Si pudiera, borraría de mi calendario los lunes. Pasaría del domingo al martes. Creo que con eso le digo todo.
Y no acaba de decirlo, que ya se siente una estúpida. ¿Por qué darle tanta bola al tipo, qué puede importarle lo que ella haga o deje de hacer?
Pero bueno. Siempre me pasa lo mismo cuando siento que las cosas se me van de las manos. Suelto la lengua como una imbécil.
—Y no vaya más, renuncie si la jode tanto.
—¿A qué debería renunciar?
Eso. Renunciar a qué. No recuerda haberle mencionado, a ese desconocido, que viaja por trabajo.
—Mala mía. Es un juego que tenemos los taxistas, adivinar a qué se dedican ustedes.
—¿Ustedes…?
—Los pasajeros. Desde que se subió al coche, se me metió que usted es docente.
Epa.
—¿Y por qué?
—No sé. Hay algo en los profes. La forma de hablar, la ropa que usan.
—Soy profesora, acertó —ella lo dice pensando en si llegará a tiempo para tomar el micro—. Y le aclaro que no detesto mi trabajo. Son los lunes, que me dejan destruida. Las piernas me quedan como garrotes. Pero me pagan por zona, y estoy a nada de jubilarme.
—Clases de qué da usted.
—De Farmacología.
—¿Es farmacéutica?
—Médica.
—¿Y por qué no contratan a un médico de San Rafael, en lugar de pagarle a uno de acá?
—Porque los docentes huyen de esa cátedra como de la peste.
—Si los profes rajan, imagino los alumnos.
Pero ella no puede pensar en otra cosa que en esas dos palabras: San Rafael. Los micros, a esa hora, salen para cualquier punto. No solamente para San Rafael.
¿Qué es el tipo? ¿Un adivino? Jamás mencionó ella la ciudad.
De dónde sacó…
—Déjeme acá, por favor —dice ella sin pensarlo mucho. Le importa un rábano perder el micro—. Aprovecho que el semáforo está en rojo. Necesito un poco de aire fresco.
—Aire fresco.
—El encierro y el desodorante me revuelven el estómago.
—Mejor bajamos las ventanillas. —El tipo arranca del retrovisor el desodorante y lo tira a la calle.
Ella se asombra, pero opta por no decir nada.
Y cuando está por pedirle al tipo un alias y pagar de una vez y bajarse del auto, recuerda que tiene el teléfono sin batería. Y el semáforo cambia a verde. Reclina la cabeza en el respaldo y cierra los ojos.
—Ya no sé si llego. En menos de quince minutos el ómnibus sale de la plataforma 10. No entiendo por qué dobló por acá, si por Rondeau es más directo.
—Las fichas estaban puestas en mi hermana.
—¿Hermana…?
—Lilita. Mi mamá sigue diciendo que era la más inteligente. —El tono del tipo le seca la garganta—. A veces se la extraña bastante, pobre Lili. —Pobre Lili. ¿Pobre hermana muerta?—. Llegó hasta tercer año. Y la cantidad de veces que rindió la misma materia. Hasta clases particulares tuvieron que pagarle los viejos.
Entonces tu hermanita no era tan genia que digamos.
—No hubo caso, la vieja fracasada la cagaba en cada examen.
—Según los alumnos, todos los profesores somos unos viejos fracasados. Y… también eso que dice usted.
—Cagadores.
—Bueno, eso. Pero yo nunca…
¿Le parece a ella, o el tipo está secándose lágrimas? De vaya a saber dónde, el auto dispara un chirrido.
—Puta madre con esta caja de mierda. Una semana antes de rendir, no comía ni dormía. Volvía del examen con los ojos medio borrosos. Le daba vergüenza que la bochara.
—A veces no se puede aprobar.
—A veces no se quiere aprobar. —El tipo la mira directamente a los ojos por el retrovisor.
A lo lejos, las luces de un móvil policial titilan en la bruma. Ella ruega que algún policía les haga luces. Pero nada de eso sucede. ¿Y si baja la ventanilla y pide auxilio? Pero qué les va a decir. ¿Que el chofer, al que se le debe de haber muerto la hermana —pobre Lilita, que en paz descanse—, no bajó por Rondeau?
Aparte ya dejaron atrás el patrullero.
—Algo comenzó a funcionar mal en su cabeza después del último bochazo: se alejó de las amigas y se peleó con el novio. —El tipo se agacha y busca algo que está debajo del asiento. Lo encuentra, y por el ruido afelpado acaba de tirarlo sobre el asiento del acompañante—. La veíamos cada vez peor, pero jamás se nos pasó por la cabeza que fuera capaz de hacer algo así.
Ella intenta decir algo, pero tiene la garganta seca y la lengua de piedra.
—Se nos escapó la liebre con mi hermana. Lo único que quería era ser médica.
—¿Médica?
—Sí, profesora Santillán. Médica.
La Santillán tantea la puerta, y él la mira por el retrovisor y con un movimiento seco traba los seguros y acelera.
