por Sebastián Arana
Año 2026. La Liga Nacional comenzó a andar hace más de cuarenta años y algunas cosas están peor que al principio.
El último lunes Quilmes recibió a Lanús por el tercer partido de la serie de play-off de octavos de final de la Liga Argentina de Básquet.
Voy a recurrir, por una vez y pido disculpas por la licencia, a la primera persona para relatar algunas de las peripecias vividas en la cobertura del partido. No se me ocurre mejor modo.
A nadie escapa que el espacio no abunda en el “José Martínez” y que la remodelación finalizada en 2024 no contempló el más mínimo sitio para que se ubiquen los periodistas que van a trabajar.
Desde entonces, siempre por canales informales y a la vez cordiales, a los dirigentes quilmeños se les hizo saber de las incomodidades. Y la respuesta, igualmente informal, usualmente fue improvisar un pupitre, alguna silla, un recoveco, nada definitivo por otra parte.
Ultimamente, en el primer balcón, se improvisó un pequeño pupitre al lado de la ubicación de las cámaras y un par de sillas. Todo precario, pero al menos un lugar para apoyar la computadora y un cuaderno de notas.
Grande fue mi sorpresa el lunes al llegar a la cancha cuando advertí que el pupitre había desaparecido y que el sector estaba abarrotado de público. “Te pude rescatar un banco de escuela”, me dijo, consternado, Máximo Falaschini, encargado de prensa del club, con toda su buena voluntad.
El recurso no hubiera sido del todo malo si el balcón no hubiera estado tan repleto de hinchas. Quien haga un esfuerzo de viajar imaginariamente a sus años escolares puede hacerse una idea más o menos acabada de lo que cuento. Una sillita retirada hacia atrás y una pequeña tabla en “L” pensada para los diestros. Con lugar para el cuaderno o para la computadora, no para los dos elementos de trabajo a la vez. Un encanto, faltaba el tintero y la pluma.
Obvio, si la tabla se dispone pegada a la baranda del balcón y los hinchas se ubican a lo largo de la misma sin dejar el menor espacio, casi encima del improvisado escritorio, la visual es imposible para quien está detrás de esa línea. Por suerte, hacia mi derecha estaba la tarima de las cámaras. Por lo tanto, podía seguir el partido hacia ese sector, mas no hacia la izquierda.
Si pude desempeñar mi tarea fue porque había una sillita a mi derecha, entre el “banquito de escuela” y la tarima de las cámaras, y el colega Leonardo Rodríguez, que la ocupaba, tuvo la gentileza de cedérmela e irse a ver el partido detrás de los camarógrafos. Un espacio casi tan ancho como mi cuerpo, imaginado quizás para un faquir de la India. De esa manera encontré algo de visual hacia la izquierda.
Así, como dentro de una lata de sardinas, fue la última cobertura de la temporada. Teñida, además, en el segundo tiempo, por la incertidumbre de lo que podía llegar a ocurrir con mi computadora, que saltaba alegremente sobre el escritorio al compás de los hinchas, quienes naturalmente vibraban con el partido, ajenos a mis preocupaciones. Una vergüenza, un disparate, un destrato absoluto.
Lo curioso del caso es que, a diferencia de los primeros años de la Liga, hoy cualquier club, por pequeño que sea, tiene su departamento de Prensa. Sin embargo, no se entiende muy bien para que se abre un proceso de acreditación de periodistas si luego no se disponen los medios para que trabajen con relativa normalidad. No se pide ni agua, ni “sanguchito”, ni conexión de wifi. Sólo un lugar adecuado para escribir y tener una visión completa de la cancha, ¿es mucho?
Lo peor fue que, presentadas las quejas del caso, los dirigentes vinieron a pedir disculpas con la mejor cara de circunstancias. Y da más bronca todavía.
Porque se piden disculpas si se perjudica a alguien involuntariamente. Pero no fue el caso. No porque exista mala voluntad hacia los periodistas, nada que ver. La cuestión es simple: los dirigentes saben que el lugar no abunda.
Puestos en la disyuntiva de vender diez o quince entradas más o sacrificar la precaria ubicación de los periodistas, eligieron la segunda opción. Voluntariamente. Entonces las disculpas no sirven. Suenan a cargada.
El deporte profesional, obvio, no se hace gratis. Pero si va la vida en vender diez o quince entradas más cabría preguntarse si se está en el camino correcto.
