El consultor y analista político Mario Riorda evita las definiciones simplistas. No habla de conflicto ni de turbulencias pasajeras. Va más allá: “Si fuera muy técnico -dice-, diría que el Gobierno hoy está en una crisis o, más exactamente, en una policrisis”.
Riorda -doctor en Comunicación, especialista en opinión pública y uno de los principales referentes en América Latina en materia de comunicación política- fue entrevistado en “Agenda Real”, el programa de streaming de LA CAPITAL y Canal 8, donde desarrolló un diagnóstico amplio sobre la situación del gobierno nacional.
La definición de “policrisis” no es menor. “Es una ocurrencia simultánea, en tiempo real, donde varias tipologías de crisis conviven y empiezan a retroalimentarse”, explicó. Y en ese esquema identificó al menos tres dimensiones que hoy atraviesan a la gestión de Javier Milei.
Por un lado, una crisis de escándalo, “con más impacto mediático que importancia estructural”, pero que cumple un rol clave: “Es catalizadora. Al aparecer, destapa o saca un velo y permite que otras crisis entren en escena”.
En ese plano ubicó episodios recientes vinculados al vocero presidencial y jefe de Gabinete, Manuel Adorni, pero también la reactivación de temas que parecían cerrados. “Cada tanto reaparece la crisis derivada del escándalo cripto del año pasado, o situaciones como Andis. Son elementos que vuelven y se mezclan”, señaló.
Sin embargo, para Riorda, el núcleo del problema está en otro lado. “La más significativa es una negatividad ambiente, una sensación social que empieza a instalarse de que hay problemas muy importantes en lo económico”.
A diferencia de los escándalos -que “van de cero a cien”- las crisis económicas tienen otro ritmo. “Son procesos paulatinos, lo que llamamos crisis crónicas. Funcionan como una bola de nieve que va creciendo hasta que en algún punto se vuelve innegable”, explicó.
Ese punto, sostuvo, parece haber llegado. “La caída de la recaudación, el cierre de empresas, empiezan a objetivar esa crisis. Deja de ser percepción y pasa a ser un hecho”.
A ese cuadro se suma un dato que, a su juicio, termina de consolidar el escenario: el deterioro de la imagen pública del Gobierno. “Hoy hay una instalación muy potente donde la imagen negativa supera con creces a la positiva, en una proporción cercana a dos a uno. Eso cristaliza la sensación de crisis”, consideró.
Pero hay algo más profundo aún: ese desgaste no se limita a la oposición. “La oposición tiene indulgencia cero con el Gobierno, no le perdona nada. Eso era esperable. Lo nuevo es que el malestar empieza a aparecer dentro del propio electorado oficialista”.
En ese punto introdujo otro concepto: la “incivilidad discursiva”. “Es una evolución del discurso de odio. No es solo agresividad, es deslegitimar al otro, quitarle su condición de ciudadanía, deshumanizarlo”, confió.
Y advirtió que ese estilo, que fue parte de la construcción política del oficialismo, empieza a generar incomodidad. Reveló en este sentido que “cerca del 40 % de los propios votantes de Milei ya mostraban reparos frente a ese tipo de discurso”.
Con la caída de la aprobación, ese malestar se reconfigura. “Muchos de esos votantes que antes cuestionaban desde adentro hoy directamente pasan a la oposición”, afirmó.
“El Gobierno no lo admite”
En ese contexto, Riorda señaló un problema central: la gestión de la crisis. “El acto más profesional frente a una crisis es reconocerla. Decir ‘hay un problema y voy a cambiar algo’. Eso ordena, genera expectativa, construye credibilidad”.
Sin embargo, observó lo contrario. “El Gobierno no lo admite. Y cuando no se reconoce la crisis, no se abre el paréntesis necesario para gestionarla”.
A eso sumó un error de estrategia comunicacional. En la entrevista con “Agenda Real” describió una lógica que fue efectiva en otro momento: “Lo que se conoce como ‘inundar el piso’: llenar la agenda de temas, mezclar información, polémicas, ruido. Eso descoloca a la oposición y al periodismo”.
Pero advirtió que esa misma táctica, en un contexto adverso, puede volverse en contra. “Cuando hay crisis, lo que se necesita es lo opuesto: reducir la incertidumbre, dar claridad, ordenar. Si en vez de cerrar, expandís, la crisis crece”.
En paralelo, el analista planteó una caracterización más estructural del fenómeno político actual. Habló de los “gobiernos espejo”, administraciones que no buscan mayorías amplias sino fidelidad en su núcleo duro.
“Son gobiernos -indicó- que se sienten representativos no cuando los quiere la mayoría, sino cuando su propio votante los percibe como ‘puros’”.
Ese núcleo, señaló, suele estabilizarse en torno al 30 % del electorado. “Es suficiente para sostener gobernabilidad, pero al mismo tiempo genera mayorías mucho más amplias de rechazo, del 60 o 70 %”.
El resultado es un sistema tensionado, donde la polarización se profundiza. “Las identidades políticas se vuelven tribales. Se construyen más por oposición que por propuesta. Lo primero es ‘no soy vos’”.
En ese marco, Riorda rechazó lecturas apresuradas sobre el fin de los liderazgos disruptivos. Al respecto sostuvo tajante que “no van a desaparecer. Son fenómenos de largo plazo”. Pero introdujo un matiz. “Las mayorías empiezan a molestarse cuando los extremos impactan en su vida cotidiana. Ahí aparecen reacciones, acuerdos, mecanismos de defensa del sistema político”.
También observó cambios profundos en la forma de hacer política. “Las campañas electorales ya no son lo que eran. Hoy son máquinas de producir contenido a tiempo real”.
Y aportó un dato elocuente: “En la campaña de Donald Trump se llegaron a generar hasta 120.000 contenidos por día. Eso implica que cada ciudadano recibe una campaña distinta”.
En ese escenario, el relato único desaparece. “No hay una campaña, hay múltiples subcampañas, muchas veces incluso contradictorias entre sí”.
Pero advirtió sobre el límite de ese modelo. “Una cosa es una campaña basada en la espectacularidad, en la sorpresa, en lo disruptivo. Otra muy distinta es sostener un gobierno”.
Y cerró con una advertencia que funciona como síntesis: “Se puede sostener la esperanza un tiempo, pero sin políticas públicas que la respalden, la legitimidad se erosiona”.
Lejos de pronosticar un colapso, Riorda planteó un escenario más complejo. “La Argentina que viene es gobernable, pero en condiciones de mayor dificultad”.
La razón, concluyó, está en el clima político: “Más polarizado, más emocional, más hostil. Un sistema donde los vetos sociales, políticos y morales son cada vez más fuertes”.
En ese terreno, ya no alcanza con ganar elecciones. Hay que saber gobernar en la incertidumbre, describió finalmente.
