{"id":16833,"date":"2026-04-19T12:05:28","date_gmt":"2026-04-19T12:05:28","guid":{"rendered":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=16833"},"modified":"2026-04-19T12:05:28","modified_gmt":"2026-04-19T12:05:28","slug":"itinerarios-de-lectura-fascinacion-del-asco","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=16833","title":{"rendered":"Itinerarios de lectura:\u00a0fascinaci\u00f3n del asco"},"content":{"rendered":"<div>\n<p><em><strong>Por Nomi Pendzik<\/strong><\/em><\/p>\n<p>Me resultan tan simp\u00e1ticos los caracoles de jard\u00edn que casi les perdono los estragos que perpetran en La Anita y sus huerteros. Pero no puedo dejar de sentir escalofr\u00edos cuando repaso el relato del que hoy les hablar\u00e9. Se trata de <strong>\u201cEl observador de caracoles\u201d, de Patricia Highsmith (1921-1995), incluido en \u201cEleven\u201d (1970), el primer libro de cuentos de esta genial novelista.<\/strong><\/p>\n<p>Tambi\u00e9n en sus ediciones en ingl\u00e9s se lo identifica con otro t\u00edtulo: \u201cThe Snail-Watcher and Other Stories\u201d. En nuestro medio fue publicado a principios de los ochenta con el t\u00edtulo de \u201c<strong>Once<\/strong>\u201d, y aclaro que la raz\u00f3n de tal nombre no tiene nada que ver con el c\u00e9lebre barrio jud\u00edo de la ciudad de Buenos Aires \u2013eso se lo dejamos al colega Marcelo Birmajer, autor de \u201cEl Once\u201d (2006)\u2013. El libro de la Highsmith <strong>se llama as\u00ed porque sencillamente contiene once relatos, de los cuales el m\u00e1s famoso es el del que me ocupo en la presente entrega.<\/strong><\/p>\n<p><strong>El agente de bolsa Peter Knoppert<\/strong> \u2013quien discrepa constantemente con su esposa acerca de su pasi\u00f3n personal por los gaster\u00f3podos\u2013 <strong>queda hipnotizado por la sensualidad de dos caracoles que se aparean<\/strong>. Highsmith, que compart\u00eda con su protagonista la fascinaci\u00f3n por ese viscoso pasatiempo \u2013ella misma ten\u00eda montones de caracoles africanos como mascotas\u2013 <strong>describe los movimientos de los caracoles en ese proceso con una mirada que alterna la observaci\u00f3n impersonal con el deslumbramiento.<\/strong> Para esta descripci\u00f3n, la autora<strong> elige sustantivos y verbos m\u00e1s que adjetivos<\/strong> \u2013que tradicionalmente estelarizan el recurso, y m\u00e1s cuando est\u00e1n bien puestos\u2013, y completa con comparaciones necesarias para que el lector imagine claramente las instancias de la glutinosa relaci\u00f3n caracolera.<\/p>\n<p><strong>\u00bfEl resultado? Una mezcla de erotismo y repulsi\u00f3n que nos lleva a seguir adelante con el relato. Con el relato del desastre, mejor dicho, porque desde el primer p\u00e1rrafo sospechamos que el asunto no terminar\u00e1 bien. <\/strong>Y no nos equivocamos: Knoppert se entrega a su perversa atracci\u00f3n, a la que no tiene modo de ponerle freno. Aqu\u00ed aparece el cl\u00e1sico tema de la \u2018hybris\u2019, concepto griego que puede traducirse como exceso, soberbia, desenfreno o desmesura, y que parece caracterizar a los actuales tiempos: quien se deja llevar por ella, sucumbe irremediablemente. <strong>Lean el cuento, y vean hasta d\u00f3nde puede arrastrarnos una obsesi\u00f3n, por m\u00e1s inocua que nos parezca. En un principio, claro.<\/strong><\/p>\n<hr>\n<h3 style=\"text-align: center;\"><strong><span style=\"color: #0000ff;\"><em>\u201cEl observador de caracoles\u201d <\/em><\/span><\/strong><\/h3>\n<h3 style=\"text-align: center;\"><strong><span style=\"color: #0000ff;\"><em>de Patricia Highsmith<\/em><\/span><\/strong><\/h3>\n<p>Cuando el se\u00f1or Peter Knoppert comenz\u00f3 a aficionarse a la observaci\u00f3n de los caracoles, no imaginaba que los pocos ejemplares con que empez\u00f3 se convertir\u00edan tan pronto en centenares. Apenas dos meses despu\u00e9s de que los primeros caracoles fueron llevados al estudio de Knoppert, una treintena de tanques y peceras de vidrio, todos llenos de caracoles, cubr\u00edan los muros, descansaban en la mesa escritorio y los alf\u00e9izares, y hasta comenzaban a extenderse por el suelo. La se\u00f1ora Knoppert desaprobaba todo esto en\u00e9rgicamente y se negaba a entrar en el estudio. Afirmaba que ol\u00eda mal, y adem\u00e1s una vez pis\u00f3 accidentalmente un caracol, lo que le caus\u00f3 una sensaci\u00f3n horrible que nunca olvidar\u00eda. Pero cuanto m\u00e1s sus amigos y su esposa deploraban ese pasatiempo poco habitual y vagamente repulsivo, tanto m\u00e1s gozo parec\u00eda encontrar en \u00e9l el se\u00f1or Knoppert.<\/p>\n<p>\u2014Antes nunca me interes\u00f3 la naturaleza \u2014repet\u00eda a menudo el se\u00f1or Knoppert, quien era socio de una firma de agentes de bolsa y hab\u00eda consagrado toda su vida a la ciencia de las finanzas. Y agregaba\u2014: Pero los caracoles me han abierto los ojos a la belleza del mundo animal.<\/p>\n<p>Si sus amigos comentaban que los caracoles no eran propiamente animales y que su entorno viscoso no pod\u00eda considerarse un buen ejemplo de la hermosura de la naturaleza, el se\u00f1or Knoppert les contestaba, con una sonrisa de superioridad, que no sab\u00edan sobre los caracoles todo lo que \u00e9l conoc\u00eda.<\/p>\n<p>Era cierto. El se\u00f1or Knoppert hab\u00eda sido testigo de una exhibici\u00f3n que no se describ\u00eda, o en todo caso no apropiadamente, en ninguna enciclopedia o libro de zoolog\u00eda de cuantos hab\u00eda consultado. El se\u00f1or Knoppert hab\u00eda entrado una tarde en la codina a buscar un bocado antes de cenar, y casualmente se fij\u00f3 en que un par de caracoles, en el recipiente de porcelana sobre la escurridera, se comportaban de modo muy extra\u00f1o. Irgui\u00e9ndose m\u00e1s o menos sobre sus colas, oscilaban uno frente a otro, exactamente como un par de serpientes hipnotizadas por un flautista. Un momento despu\u00e9s, sus rostros se juntaron en un beso de voluptuosa intensidad. El se\u00f1or Knoppert se acerc\u00f3 y los examin\u00f3 desde todos los \u00e1ngulos. Algo m\u00e1s suced\u00eda: una protuberancia, algo parecido a una oreja, estaba apareciendo en el lado derecho de la cabeza de ambos caracoles. Su instinto le dijo que estaba observando alg\u00fan tipo de actividad sexual.<\/p>\n<p>Cuando las protuberancias estaban precisamente borde a borde, un filamento blancuzco surgi\u00f3 de una oreja, como otro diminuto tent\u00e1culo y traz\u00f3 un arco hasta la oreja del otro caracol. La primera presunci\u00f3n del Se\u00f1or Knoppert se desvaneci\u00f3 cuando del otro caracol surgi\u00f3 tambi\u00e9n un tent\u00e1culo. \u201cQu\u00e9 cosa tan peculiar\u201d, pens\u00f3. Los dos tent\u00e1culos se retiraron, luego salieron de nuevo y cual si hubiesen encontrado alguna se\u00f1al invisible, se quedaron fijos en el caracol opuesto. Acerc\u00e1ndose todav\u00eda m\u00e1s, el se\u00f1or Knoppert miraba atentamente.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Knoppert continu\u00f3 observando repetidas veces al par de caracoles por m\u00e1s de una hora, hasta que primero las orejas y luego los tent\u00e1culos se retiraron, y los caracoles relajaron su actitud y ya no se prestaron atenci\u00f3n el uno al otro. Pero para entonces, otro par hab\u00eda comenzado a flirtear y se iban levantando lentamente, hasta alcanzar la posici\u00f3n de beso. El se\u00f1or Knoppert le dijo a la cocinera que aquella noche no sirviera caracoles. Se llev\u00f3 el recipiente que los conten\u00eda a su estudio, y en el hogar de los Knoppert ya no se volvieron a comer caracoles.<\/p>\n<p>Pasaron dos d\u00edas y en la ma\u00f1ana del tercero el se\u00f1or Knoppert encontr\u00f3 un montoncito de tierra desmenuzada all\u00ed donde estuviera el caracol. Con curiosidad, investig\u00f3 la tierra con ayuda de una cerilla y con gran deleite descubri\u00f3 un hoyo lleno de brillantes huevecillos. El se\u00f1or Knoppert llam\u00f3 a su mujer y a la cocinera para que los vieran. Los huevecillos parec\u00edan caviar de gran tama\u00f1o, pero eran blancos en vez de negros o rojos.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, han de reproducirse de alg\u00fan modo \u2014coment\u00f3 la esposa.<\/p>\n<p>El Se\u00f1or Knoppert no lograba comprender su falta de inter\u00e9s. Durante el tiempo que estaba en casa no pasaba una hora sin que acudiera a mirar los huevecitos. Los observaba todas las ma\u00f1anas, para ver si hab\u00eda ocurrido alg\u00fan cambio y por la noche ocupaban su \u00faltimo pensamiento antes de meterse en cama. Adem\u00e1s, otro caracol estaba abriendo un hoyo. Y otros dos se emparejaban. El primer montoncito de huevos se volvi\u00f3 de color gris\u00e1ceo y min\u00fasculas espirales de concha se hicieron discernibles en un lado de cada uno de los huevecillos. La impaciencia del se\u00f1or Knoppert se agudiz\u00f3. Por fin lleg\u00f3 una ma\u00f1ana \u2014la decimoctava despu\u00e9s de la puesta, seg\u00fan la cuidadosa cuenta del se\u00f1or Knoppert\u2014 en la que mir\u00f3 al hoyo con los huevecitos y vio la primera diminuta cabeza movi\u00e9ndose, la primera diminuta antena explorando incierta el nido. El se\u00f1or Knoppert se sent\u00eda tan feliz como el padre de un reci\u00e9n nacido. Cada uno de los setenta y tantos huevos del hoyo se abri\u00f3 milagrosamente a la vida. Hab\u00eda visto todo el ciclo reproductivo llegar a su feliz conclusi\u00f3n. Y el hecho de que nadie, por lo menos nadie que supiese, conociera ni un \u00e1pice de lo que \u00e9l sab\u00eda ahora, daba a su conocimiento la emoci\u00f3n de un descubrimiento, el sabor picante de lo esot\u00e9rico.<\/p>\n<p>\u2014Pero, \u00bfcu\u00e1ndo acabar\u00e1 esto, Peter? Si siguen reproduci\u00e9ndose como hasta ahora, llegar a ocupar toda la casa \u2014le dijo su mujer cuando llegaron a t\u00e9rmino quince o veinte puestas.<\/p>\n<p>\u2014No se puede detener a la naturaleza \u2014le replic\u00f3 \u00e9l con buen humor\u2014. S\u00f3lo ocupan el estudio. Todav\u00eda hay mucho espacio all\u00ed\u2026<\/p>\n<p>De modo que llev\u00f3 al estudio m\u00e1s peceras y tanques de vidrio. El se\u00f1or Knoppert fue al mercado y escogi\u00f3 a algunos de los caracoles de aspecto m\u00e1s animado y tambi\u00e9n un par que vio apare\u00e1ndose sin que el resto del mundo se fijara en ellos. M\u00e1s y m\u00e1s nidos aparecieron en la tierra en el fondo de los tanques y de cada nido salieron arrastr\u00e1ndose, finalmente, de setenta a noventa caracolitos, transparentes como gotas de roc\u00edo, desliz\u00e1ndose hacia arriba m\u00e1s bien que hacia abajo de las tiras de lechuga que el se\u00f1or Knoppert se apresuraba a poner en los nidos a modo de escaleras comestibles. Los apareamientos eran tan frecuentes que ya ni se preocup\u00f3 de observarlos. Pod\u00edan durar veinticuatro horas. Pero nunca disminu\u00eda la emoci\u00f3n de contemplar aquel caviar blanco convertirse en conchas y empezar a moverse, por mucho que lo viera y volviera a ver.<\/p>\n<p><em>(Versi\u00f3n completa disponible<\/em><strong> <a href=\"https:\/\/boulevardliterario.blogspot.com\/2015\/02\/el-observador-de-caracoles-patricia.html\">ac\u00e1<\/a><\/strong><em>).\u00a0<\/em><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div>Por Nomi Pendzik Me resultan tan simp\u00e1ticos los caracoles de jard\u00edn que casi les perdono los estragos que perpetran en La Anita y sus huerteros. Pero no puedo dejar de sentir escalofr\u00edos cuando repaso el relato del que hoy les hablar\u00e9. 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