{"id":15382,"date":"2026-02-17T12:00:52","date_gmt":"2026-02-17T12:00:52","guid":{"rendered":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=15382"},"modified":"2026-02-17T12:00:52","modified_gmt":"2026-02-17T12:00:52","slug":"itinerarios-de-lectura-luz-entre-las-sombras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=15382","title":{"rendered":"Itinerarios de lectura: luz entre las sombras"},"content":{"rendered":"<div>\n<p><em>Por Nomi Pendzik<\/em><\/p>\n<p>En la entrega pasada le\u00edmos a <strong>Franz Kafka<\/strong>, <strong>uno de los gigantes que m\u00e1s influyeron en la literatura del siglo XX<\/strong>. Hoy me dedicar\u00e9 a otro de esos monstruos sagrados: el irland\u00e9s <strong>James Joyce<\/strong> (1882-1941). Pero no voy a hablar sobre el <strong>\u201cUlises\u201d<\/strong> y el mon\u00f3logo interior, sino del concepto de <strong>epifan\u00eda<\/strong>, que Joyce adapt\u00f3 desde el \u00e1mbito religioso: <strong>la Epifan\u00eda, con may\u00fascula, es la fiesta de los Reyes Magos, que celebra a\u00f1o tras a\u00f1o la manifestaci\u00f3n de Jes\u00fas como Mes\u00edas<\/strong>, como Salvador de toda la humanidad. Por eso <strong>\u201cepifan\u00eda\u201d significa tambi\u00e9n revelaci\u00f3n<\/strong>.<\/p>\n<p>Seg\u00fan Joyce, <strong>la epifan\u00eda es un momento de s\u00fabita iluminaci\u00f3n espiritual<\/strong>, <strong>generada a partir de un hecho o situaci\u00f3n no necesariamente ins\u00f3litos<\/strong>. M\u00e1s bien todo lo contrario. Sin aviso, una frase acaso intrascendente, un paisaje conocido, un objeto trivial, se descubren en una dimensi\u00f3n tan profunda que hasta pueden cambiar el rumbo del relato. Un precioso ejemplo de epifan\u00eda, esta vez enfocada en lo sagrado, son los haikus que <strong>Marcelo di Marco<\/strong>, joyceano de la primera hora, incluy\u00f3 en una zona de su m\u00e1s reciente libro, el poemario \u201cCuando dos o tres\u201d: cada haiku capta un instante de la realidad y lo revela en todo su esplendor religioso.<\/p>\n<p>Como afirma <strong>Carlos Gamerro <\/strong>en su bello pr\u00f3logo a las \u201cEpifan\u00edas\u201d (Interzona, 2024, edici\u00f3n biling\u00fce de las cuarenta epifan\u00edas joyceanas), \u201cel momento epif\u00e1nico es el momento en que el arte triunfa sobre la realidad\u201d. La circunstancial paseante que Joyce describe en el fragmento que les traigo, se ve idealizada por la visi\u00f3n del artista cachorro: Stephen Dedalus \u2013\u2019alter ego\u2019 de Joyce\u2013 define su vocaci\u00f3n art\u00edstica, a partir de la iluminaci\u00f3n.\u00a0 <strong>Mediante el lenguaje se transmite una firme impresi\u00f3n de un momento destinado a difuminarse<\/strong>: al igual que la Palabra, la palabra art\u00edstica transforma, da sentido y trascendencia a lo cotidiano.<\/p>\n<hr>\n<h2 style=\"text-align: center;\"><strong>\u201cRetrato del artista adolescente\u201d<\/strong><\/h2>\n<h4 style=\"text-align: center;\"><strong>de James Joyce<\/strong><\/h4>\n<p>Mir\u00f3 hacia el norte, en direcci\u00f3n a Howth. El mar hab\u00eda ya dejado al descubierto la l\u00ednea de algas en la rampa del rompeolas y la marea descend\u00eda de nuevo playa abajo. Ya hab\u00eda quedado descubierto un largo y ovalado banco de arena que yac\u00eda ahora enjuto y oreado entre el agua rizada del reflujo.<\/p>\n<p>Ac\u00e1 y all\u00e1 brillaban tibios islotes cercados de agua somera, y formas vestidas de claro circulaban vadeando y removiendo en la arena por los canalillos del reflujo, entre los islotes y el teso.<\/p>\n<p>En un abrir y cerrar de ojos se descalz\u00f3, se meti\u00f3 las medias en los bolsillos y se colg\u00f3 al hombro los zapatos de lona, at\u00e1ndolos por los cordones. Cogi\u00f3 un palo puntiagudo abandonado por el mar y ro\u00eddo por las sales, y descendi\u00f3 por la rampa del rompeolas. Corr\u00eda un largo arroyuelo por la arena y mientras lo vadeaba lentamente, lentamente, admir\u00f3 el fluir interminable de las algas. Negras y esmeralda, bermejas y verde oliva, derivaban en la corriente, ondeaban con giros y con juegos. El agua del arroyuelo negreaba de aquel fluir inacabable y en ella se reflejaban las nubes que pasaban a la deriva por el cielo alto. Arriba, el derivar silencioso de las nubes; abajo, el silencioso fluir de las algas de mar; el aire gris, tibio a\u00fan; y en sus venas, la canci\u00f3n nueva y salvaje de la vida.<\/p>\n<p>\u00bfD\u00f3nde estaba ahora su adolescencia? \u00bfD\u00f3nde estaba el alma que hab\u00eda reculado ante su destino para cavilar a solas sobre su propia miseria y para coronarla all\u00e1 en su morada de sordidez y subterfugios, envuelta en un l\u00edvido sudario, con guirnaldas, marchitas ya al primer roce? \u00bfD\u00f3nde, d\u00f3nde estaba?<\/p>\n<p>Solo. Libre, feliz, al lado del coraz\u00f3n salvaje de la vida. Estaba solo y se sent\u00eda lleno de voluntad, con el coraz\u00f3n salvaje, solo en un desierto de aire libre y de agua amarga, entre la cosecha marina de algas y de conchas; solo en la luz velada y gris del sol, entre formas gayas, claras, de ni\u00f1os y de doncellitas, entre gritos infantiles y voces de muchachas.<\/p>\n<p>Una muchacha estaba ante \u00e9l, en medio de la corriente, mirando sola y tranquila mar afuera. Parec\u00eda que un arte m\u00e1gico le diera la apariencia de un ave de mar bella y extra\u00f1a. Sus piernas desnudas y largas eran esbeltas como las de la grulla y sin mancha, salvo all\u00ed donde el rastro esmeralda de un alga de mar se hab\u00eda quedado prendido como un signo sobre la carne. Los muslos m\u00e1s llenos, y de suaves matices de marfil, estaban desnudos casi hasta la cadera, donde las puntillas blancas de los pantalones fing\u00edan un juego de plumaje suave y blanco. La falda, de un azul pizarra, la llevaba despreocupadamente recogida hasta la cintura y por detr\u00e1s colgaba como la cola de una paloma. Su pecho era como el de un ave, liso y delicado, delicado y liso como el de una paloma de plumaje obscuro. Pero el largo cabello rubio era el de una ni\u00f1a; y de ni\u00f1a, y sellado con el prodigio de la belleza mortal, su rostro.<\/p>\n<p>Estaba sola e inm\u00f3vil mirando mar adentro, y cuando sinti\u00f3 la presencia y la adoraci\u00f3n de los ojos de Stephen, los suyos se volvieron hacia \u00e9l, soportando tranquilamente aquella mirada, ni vergonzosos ni provocativos. Estuvo as\u00ed largo tiempo, largo tiempo, y luego, imperturbable, retir\u00f3 sus ojos de los de \u00e9l y, dirigi\u00e9ndolos hacia la corriente, se puso a menear despacito el agua, ac\u00e1 y all\u00e1, con los pies. El primer rumor del agua dulcemente removida rompi\u00f3 el silencio, suave, tenue, susurrante, tenue como las campanas de un ensue\u00f1o. Ac\u00e1 y all\u00e1, ac\u00e1 y all\u00e1. Y una llamita imperceptible temblaba en las mejillas de la muchacha.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Dios del cielo! \u2014exclam\u00f3 el alma de Stephen en un estallido de pagana alegr\u00eda.<\/p>\n<p>Se apart\u00f3 s\u00fabitamente de ella y ech\u00f3 a andar playa adelante. Ten\u00eda las mejillas encendidas; el cuerpo, como una brasa; le temblaban los miembros. Y avanz\u00f3 adelante, adelante, adelante, playa afuera, cant\u00e1ndole un canto salvaje al mar, voceando para saludar el advenimiento de la vida, cuyo llamamiento acababa de recibir.<\/p>\n<p>La imagen de la muchacha hab\u00eda penetrado en su alma para siempre y ni una palabra hab\u00eda roto el santo silencio de su \u00e9xtasis. Los ojos de ella le hab\u00edan llamado y su alma se hab\u00eda precipitado al llamamiento. \u00a1Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida! Un \u00e1ngel salvaje se le hab\u00eda aparecido, el \u00e1ngel de la juventud mortal, de la belleza mortal, enviado por el tribunal estricto de la vida para abrirle de par en par, en un instante de \u00e9xtasis, las puertas de todos los caminos del error y de la gloria. \u00a1Adelante! \u00a1Adelante! \u00a1Adelante!<\/p>\n<p>Se detuvo, de s\u00fabito, y oy\u00f3 en el silencio el zumbido de su coraz\u00f3n. \u00bfHasta d\u00f3nde hab\u00eda caminado? \u00bfQu\u00e9 hora era?<\/p>\n<p>No hab\u00eda persona humana cerca de \u00e9l; ni el m\u00e1s leve son le tra\u00eda el aire. Mas la marea iba a comenzar a subir y el d\u00eda menguaba. Se volvi\u00f3 hacia tierra y ech\u00f3 a correr por la playa hasta la rampa del rompeolas; la escal\u00f3 a toda prisa, sin preocuparse de los cortantes guijarros y, encontrando un hoyo en la arena rodeado de lomillas entre matas de vegetaci\u00f3n, se tendi\u00f3 all\u00ed para ver si la paz y el silencio del atardecer consegu\u00edan aplacar el tumulto de su sangre.<\/p>\n<p>Sent\u00eda sobre \u00e9l la gran c\u00fapula indiferente del cielo y el reposado avance de los cuerpos celestes; y, debajo, la tierra, la tierra que le hab\u00eda engendrado, le ten\u00eda cobijado en el seno.<\/p>\n<p>Cerr\u00f3 los ojos, adormilado. Le temblaban los p\u00e1rpados como si sintieran el gran movimiento c\u00edclico de la tierra y de sus sat\u00e9lites, como si sintieran la luz extra\u00f1a de un mundo nuevo. Su alma se iba hundiendo en aquel mundo desconocido, fant\u00e1stico, vago como las profundidades submarinas, surcado por formas y seres de niebla. \u00bfEra un mundo, una luz vaga o una flor? Brillo y temblor, temblor y flujo, luz en aurora, flor que se abre, manaba continuamente de s\u00ed mismo en una sucesi\u00f3n indefinida, hasta la plenitud neta del rojo, hasta el desvanecimiento de un rosa p\u00e1lido, hoja a hoja, y onda de luz a onda de luz, para inundar el cielo todo de sus dulces tornasoles, a cada matiz m\u00e1s densos, a cada oleada m\u00e1s obscuros.<\/p>\n<p>Cuando se incorpor\u00f3, la tarde hab\u00eda ca\u00eddo ya. La arena y las plantas raqu\u00edticas de su lecho ya hab\u00edan perdido su dulce calor. Se levant\u00f3 lentamente y, al recordar el gozo arrobado de su sue\u00f1o, suspir\u00f3.<\/p>\n<p>Trep\u00f3 hasta la cresta de la colina de arena y mir\u00f3 en derredor. La tarde se hab\u00eda hundido. El borde de la luna nueva rasgaba la p\u00e1lida aridez del horizonte, tal un aro de plata a medio enterrar en la arena; y el flujo de la marea trepaba tierra adelante y aislaba, all\u00e1 lejos, algunas figuras humanas diseminadas a\u00fan por la playa entre los \u00faltimos charcos.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div>Por Nomi Pendzik En la entrega pasada le\u00edmos a Franz Kafka, uno de los gigantes que m\u00e1s influyeron en la literatura del siglo XX. Hoy me dedicar\u00e9 a otro de esos monstruos sagrados: el irland\u00e9s James Joyce (1882-1941). 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