{"id":13872,"date":"2025-12-23T12:04:30","date_gmt":"2025-12-23T12:04:30","guid":{"rendered":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=13872"},"modified":"2025-12-23T12:04:30","modified_gmt":"2025-12-23T12:04:30","slug":"entretextos-la-sastreria-de-la-nostalgia-un-cuento-de-navidad-de-enrique-arenz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=13872","title":{"rendered":"Entretextos: \u201cLa sastrer\u00eda de la nostalgia\u201d, un cuento de Navidad de Enrique Arenz"},"content":{"rendered":"<div>\n<p><em><strong>Por Enrique Arenz (*)<\/strong><\/em><\/p>\n<p>Cada 24 de diciembre, Don Carmelo, un sastre jubilado de 84 a\u00f1os, abr\u00eda la puerta trasera de su peque\u00f1o taller (cerrado al p\u00fablico desde hac\u00eda mucho tiempo) y se pon\u00eda a trabajar.<\/p>\n<p>No cos\u00eda para clientes, sino para los recuerdos. Cada prenda que confeccionaba estaba inspirada en alguien que ya no estaba: su esposa, su hermano, su mejor amigo de la infancia. No hab\u00eda fotos ni adornos en ese lugar, s\u00f3lo telas, bobinas de hilo, moldes de cart\u00f3n colgados y un clima de nostalgia que encog\u00eda el alma.<\/p>\n<p>Pero el 24 de diciembre de 1995 algo cambi\u00f3: su nieta Luc\u00eda de 11 a\u00f1os lleg\u00f3 a su casa para pasar la Nochebuena y la Navidad con su abuelo. Sus padres divorciados estaban lejos: el padre, como siempre, aislado en alg\u00fan lugar desconocido; y la madre, con quien viv\u00eda la ni\u00f1a, en uno de sus habituales viajes de trabajo que esa vez le impedir\u00edan estar con su hija en Navidad.<\/p>\n<p>Don Carmelo le hab\u00eda preparado su habitaci\u00f3n habitual en la vieja casa que estaba detr\u00e1s del taller. Ella sol\u00eda pasar dos o tres d\u00edas con su abuelo cada vez que su madre viajaba, pero nunca lo hab\u00eda hecho en Navidad. Y eso la hab\u00eda entusiasmado sobremanera, porque sab\u00eda que cada 24 de diciembre su abuelo iba a su taller para cumplir el solitario ritual de coser para los recuerdos. Era el \u00fanico d\u00eda del a\u00f1o que lo hac\u00eda.<\/p>\n<p>Cuando Luc\u00eda se cambi\u00f3 y acomod\u00f3 sus pocas cosas en el ropero, fue corriendo a ver trabajar a su abuelo con su m\u00e1quina de coser, fuertemente atra\u00edda por los misterios de ese taller que ella s\u00f3lo vio una vez, cuando la sastrer\u00eda a\u00fan recib\u00eda clientes.<\/p>\n<p>Luc\u00eda entr\u00f3 sin hacer ruido, porque sab\u00eda que el silencio era una condici\u00f3n que impon\u00eda ese recinto tan saturado de magia y tiempos pasados. El taller ol\u00eda a madera vieja y a hilo de algod\u00f3n. Don Carmelo fingi\u00f3 que no la hab\u00eda o\u00eddo llegar e hizo un exagerado gesto de sobresalto que provoc\u00f3 las carcajadas de su nieta.<\/p>\n<p>Ella comenz\u00f3 a hacerle preguntas. Don Carmelo era un hombre parco, de pocas palabras y silencios interminables, pero disfrutaba conversar extensamente con su peque\u00f1a nieta. Esas charlas se matizaban, claro, con momentos de silencio en los que el di\u00e1logo continuaba entre ellos, pero sin palabras. Ese d\u00eda tan especial, Carmelo le cont\u00f3 las historias detr\u00e1s de cada casaca, bufanda o traje que ten\u00eda en percheros y estantes.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEst\u00e1s cosiendo algo nuevo, abuelo?<\/p>\n<p>Carmelo mir\u00f3 hacia su mesa de trabajo, fue hacia all\u00ed con lentitud y se sent\u00f3 ante su antigua m\u00e1quina de coser. Hab\u00eda sobre ella una tela gris de alpaca con una costura iniciada y sin terminar.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, estoy haciendo un abrigo \u2014dijo.<\/p>\n<p>Luc\u00eda se acerc\u00f3 y pas\u00f3 los dedos por la tela. Era suave, con una textura que recordaba los inviernos en casa de sus padres, antes de que todo cambiara.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPara qui\u00e9n es?<\/p>\n<p>Carmelo dud\u00f3 unos segundos, pero enseguida contest\u00f3 con tono rencoroso:<\/p>\n<p>\u2014Para alguien que se fue sin irse.<\/p>\n<p>Y qued\u00f3 callado.<\/p>\n<p>Luc\u00eda no hizo m\u00e1s preguntas, hab\u00eda entendido para qui\u00e9n era esa prenda. Se sent\u00f3 a su lado y empez\u00f3 a revisar el caj\u00f3n de los botones buscando los colores que combinaran con esa prenda.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY si le ponemos estos? \u2014dijo, mostrando uno de madera, gastado en los bordes.<\/p>\n<p>Carmelo lo mir\u00f3 y asinti\u00f3 con la cabeza. No era el m\u00e1s adecuado, pero ten\u00eda historia. Como todo lo que estaba guardado entre esas cuatro paredes.<\/p>\n<p>La m\u00e1quina de coser volvi\u00f3 a sonar, mon\u00f3tona y entrecortada. No con la firmeza de antes, sino con una cadencia t\u00edmida, como si tambi\u00e9n necesitara recordar c\u00f3mo lo hac\u00eda en sus buenos tiempos.<\/p>\n<p>Luc\u00eda sosten\u00eda la tela mientras Carmelo guiaba la costura. No hablaron mucho, pero cada puntada parec\u00eda decir algo que las palabras no pod\u00edan expresar.<\/p>\n<p>Trabajaron horas, hasta que le ni\u00f1a pregunt\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfCre\u00e9s que le va a gustar?<\/p>\n<p>Carmelo tard\u00f3 en responder, m\u00e1s que nada por respetar esa curiosa incomunicaci\u00f3n afectiva que por momentos se impon\u00eda con naturalidad entre ellos.<\/p>\n<p>\u2014No s\u00e9 \u2014dijo\u2014. Pero estoy seguro de que va a entender.<\/p>\n<p>Luc\u00eda estuvo de acuerdo. Sab\u00eda que su pap\u00e1 (que tambi\u00e9n era el hijo ausente de su abuelo) no era un hombre f\u00e1cil. Que a veces se encerraba en s\u00ed mismo como si se escondiera de un mundo hostil y amenazante. Pero tambi\u00e9n sab\u00eda que un abrigo no era solo eso. Era un gesto. Una forma de decir \u00abte espero\u00bb, sin decirlo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY si le bordamos algo adentro, sobre el bolsillo interior? \u2014propuso Luc\u00eda.<\/p>\n<p>Carmelo la mir\u00f3 con ternura. Sin decir nada, busc\u00f3 entre los hilos uno azul oscuro, casi negro, que hiciera contraste con el forro de ray\u00f3n de un gris muy claro, y le pas\u00f3 la prenda y una aguja enhebrada.<\/p>\n<p>Luc\u00eda bord\u00f3 pacientemente dos palabras: \u00abVolv\u00e9 pap\u00e1\u00bb.<\/p>\n<p>Cuando Carmelo ley\u00f3 el mensaje debi\u00f3 hacer un esfuerzo para contener las l\u00e1grimas. Siempre en silencio, continu\u00f3 trabajando en los detalles finales del abrigo bajo la mirada atenta de Luc\u00eda. Finalmente, el planchado y plegado prolijo de la prenda terminada.<br \/>\nYa era de noche. Carmelo envolvi\u00f3 el gab\u00e1n con un viejo papel para regalos que Luc\u00eda busc\u00f3 y encontr\u00f3 en una caja polvorienta que le se\u00f1al\u00f3 Carmelo. No le pusieron mo\u00f1o ni tarjeta. Luc\u00eda mir\u00f3 a su abuelo esperando instrucciones.<\/p>\n<p>\u2014Abuelo, \u00bfsab\u00e9s ad\u00f3nde habr\u00eda que llev\u00e1rselo?<\/p>\n<p>Carmelo neg\u00f3 con la cabeza y dijo en voz muy baja.<\/p>\n<p>\u2014Hoy es Nochebuena. Alg\u00fan \u00e1ngel de Navidad se va a ocupar de eso.<\/p>\n<p>Salieron. Luc\u00eda llevaba feliz el regalo para su pap\u00e1. Carmelo dio una \u00faltima mirada al interior del taller, una mirada triste, presagiosa, como de despedida, antes de apagar las luces y echarle llave a la puerta dejando encerrados el silencio y la nostalgia. Pens\u00f3: \u00ab\u00bfEstar\u00e9 el a\u00f1o pr\u00f3ximo para volver aqu\u00ed y hacer esa prenda que a\u00fan me falta?\u00bb. Ya en la casa, Carmelo le indic\u00f3 a su nieta que dejara el envoltorio sobre una mesita cercana a la puerta de entrada, donde su hijo sol\u00eda dejar las llaves cuando a\u00fan viv\u00eda all\u00ed.<\/p>\n<p>Esa noche no hubo villancicos, ni regalos ni arbolito de Navidad. S\u00f3lo una comida sencilla, un modesto brindis con dos vasos de gaseosa, un turr\u00f3n de postre y la televisi\u00f3n encendida que mostraba los festejos navide\u00f1os en el mundo. Una Nochebuena \u00fanica y enigm\u00e1tica la de aquella casa. Como si el silencio, por fin, hubiera dicho todo lo que ten\u00eda que decir.<\/p>\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente, el abrigo ya no estaba.<\/p>\n<hr>\n<p><em>(*) <strong>Enrique Arenz<\/strong> naci\u00f3 en Mar del Plata en 1942. Entre sus muchas actividades, se ha destacado como m\u00fasico, funcionario municipal (de carrera), periodista independiente y escritor. Es autor de ensayos, libros de cuentos y novelas policiales como <strong>\u201cLas mandr\u00e1goras han dado olor\u201d<\/strong>, <strong>\u201cMarplateros\u201d<\/strong>, <strong>\u201cEl enigma del hotel Hyspania\u201d<\/strong>, <strong>\u201cLa carpeta del se\u00f1or Murga\u201d<\/strong> y <strong>\u201cOrganizaci\u00f3n Albatros\u201d<\/strong>. Su g\u00e9nero predilecto es el cuento navide\u00f1o y cada diciembre ha publicado, desde 1994, estos relatos en LA CAPITAL. Fue columnista del diario <strong>La Prensa<\/strong> de Buenos Aires entre los a\u00f1os 1984 y 1994.<\/em><\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div>Por Enrique Arenz (*) Cada 24 de diciembre, Don Carmelo, un sastre jubilado de 84 a\u00f1os, abr\u00eda la puerta trasera de su peque\u00f1o taller (cerrado al p\u00fablico desde hac\u00eda mucho tiempo) y se pon\u00eda a trabajar. No cos\u00eda para clientes, sino para los recuerdos. 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