{"id":12323,"date":"2025-10-30T00:03:06","date_gmt":"2025-10-30T00:03:06","guid":{"rendered":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=12323"},"modified":"2025-10-30T14:08:12","modified_gmt":"2025-10-30T14:08:12","slug":"entretextos-piratas-naufragios-y-reposeras-una-cronica-sobre-la-travesia-de-los-ingleses-en-las-costas-marplatenses","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fmdelsol.com.ar\/?p=12323","title":{"rendered":"Entretextos: \u201cPiratas, naufragios y reposeras\u201d,\u00a0una cr\u00f3nica sobre la traves\u00eda de los ingleses en las costas marplatenses"},"content":{"rendered":"<div>\n<p><strong><em>Por Alejandra Dabel (*)<\/em><\/strong><\/p>\n<p>El agua estaba fr\u00eda, pero la costa promet\u00eda algo parecido a la salvaci\u00f3n. <strong>Corr\u00eda el a\u00f1o 1742 y la goleta inglesa \u2013maltrecha, vencida por la tormenta y la desdicha\u2013 se acercaba peligrosamente a la costa.<\/strong> Desde la cubierta, los hombres vieron tierra: una bah\u00eda abrupta, con acantilados bajos y una playa r\u00fastica, apenas una curva entre m\u00e9danos y vegetaci\u00f3n espesa. No hab\u00eda faros, ni muelles, ni asentamientos. Solo gaviotas, espuma, y un cielo encapotado que no promet\u00eda clemencia.<\/p>\n<p>Uno a uno, se lanzaron al mar. Con la ropa empapada y los pulmones ardiendo nadaron a ciegas hacia la orilla. Algunos no llegaron. Otros emergieron cubiertos de arena y silencio.<strong> En alg\u00fan punto de esa playa an\u00f3nima, los ingleses \u2013piratas para algunos, marinos con patente de corso para otros\u2013 tocaron tierra firme sin saber que acababan de fundar, sin quererlo, una leyenda.<\/strong><\/p>\n<p><strong>Trece hombres lograron llegar a la playa, exhaustos pero vivos.<\/strong> Despu\u00e9s de d\u00edas a la deriva, por fin encontraron algo para alimentarse. La necesidad los oblig\u00f3 a dividirse: <strong>cinco regresaron a la goleta para guardar provisiones, mientras los ocho restantes se quedaron en tierra cazando y recolectando.<\/strong><\/p>\n<p>Pero la naturaleza ten\u00eda otros planes.<strong> Cuando el grupo que se qued\u00f3 intent\u00f3 volver al barco, una sudestada se lo impidi\u00f3.<\/strong> Grandes olas y azotaban la playa. La goleta qued\u00f3 fuera de su alcance, balance\u00e1ndose impotente en la tormenta.<strong> Aislados, los ocho quedaron condenados en la playa<\/strong>, con el viento que gem\u00eda en sus o\u00eddos y el futuro cubierto de niebla y de sal.<\/p>\n<p>Los que hab\u00edan vuelto a la goleta vieron c\u00f3mo la tormenta crec\u00eda, y con ella, la incertidumbre. Tras horas de lucha contra el viento y las olas, tomaron una decisi\u00f3n que cambiar\u00eda para siempre el destino de sus compa\u00f1eros: <strong>se marcharon.<\/strong><\/p>\n<p>En la arena, la noticia corri\u00f3 como un incendio silencioso. La bronca y la desesperaci\u00f3n se mezclaron con el salitre y el miedo. <strong>Los ocho, abandonados a su suerte, comprendieron que no s\u00f3lo deb\u00edan enfrentar al mar y a la naturaleza, sino tambi\u00e9n al desamparo m\u00e1s cruel: el de la traici\u00f3n y el olvido<\/strong>. Encontraron refugio en una cueva entre las piedras, un escondite natural que los proteg\u00eda del viento y la lluvia. Desde all\u00ed, organizaron su d\u00eda a d\u00eda: cazaban pecar\u00edes entre la maleza espesa, pescaban en las pozas formadas por la marea y recolectaban lo que la tierra les ofrec\u00eda. <strong>Pasaban los meses y la lucha por sobrevivir los manten\u00eda firmes, aunque el horizonte se presentaba incierto.<\/strong><\/p>\n<p>Sab\u00edan poco del mundo que quedaba m\u00e1s all\u00e1 de esa costa ind\u00f3mita. <strong>Solo entend\u00edan que Buenos Aires estaba al norte y que llegar hasta all\u00ed era un riesgo mortal. Ser piratas ingleses los convert\u00eda en enemigos de la corona espa\u00f1ola, y el simple intento de cruzar tierras bajo control espa\u00f1ol significaba la captura segura, o peor.<\/strong> Por eso, trazaron un plan menos arriesgado, al menos en su mente: <strong>llegar por tierra hasta Brasil,<\/strong> la tierra prometida que imaginaban m\u00e1s hospitalaria, aunque distante. As\u00ed, con paso vacilante, iniciaron la marcha. Recorrieron cerca de 150 kil\u00f3metros entre m\u00e9danos y cortaderas, guiados por instintos y mapas mentales imprecisos. Pero la inseguridad fue m\u00e1s fuerte que la determinaci\u00f3n.<strong> Incapaces de asegurar que iban por el camino correcto, decidieron regresar a la playa que les hab\u00eda dado refugio<\/strong>, cargando con el cansancio y el peso de la duda.<\/p>\n<p>Hab\u00edan pasado casi diez meses desde que quedaron abandonados en la playa. Cada d\u00eda era un desaf\u00edo constante, pero la rutina les daba un d\u00e9bil sentido de orden. Sin embargo, una tarde, al volver de una cacer\u00eda, encontraron el refugio convertido en una escena de pesadilla:<strong> dos de sus compa\u00f1eros hab\u00edan sido asesinados, otros dos estaban desaparecidos, y la cueva saqueada, vac\u00eda y silenciosa<\/strong>. La evidencia no dejaba dudas: un mal\u00f3n hab\u00eda irrumpido en su santuario.<\/p>\n<p>El horror y la impotencia se mezclaron con la certeza de que no pod\u00edan quedarse m\u00e1s. Al d\u00eda siguiente,<strong> los cuatro sobrevivientes tomaron una decisi\u00f3n: partir nuevamente hacia Buenos Aires,<\/strong> sin m\u00e1s alternativa que enfrentarse a lo desconocido y a la posible captura, con la esperanza de que la rendici\u00f3n les ofreciera una \u00faltima oportunidad.<\/p>\n<p>Emprendieron el viaje siguiendo la l\u00ednea costera. Al llegar a los cangrejales de la Bah\u00eda de San Boromb\u00f3n, la incertidumbre volvi\u00f3 a pesarles. La vastedad del territorio y la amenaza invisible que parec\u00eda acechar en cada sombra los hizo desistir; <strong>decidieron regresar.<\/strong><\/p>\n<p>Pero el destino les ten\u00eda preparada un \u00faltimo desaf\u00edo. En el camino de vuelta, fueron interceptados por una tribu bajo el mando del cacique Cangapol. <strong>Sin posibilidad de defensa, fueron capturados y vendidos como esclavos.<\/strong> Pasaron de mano en mano, sin destino ni nombre, como si nunca hubieran existido. S<strong>olo uno de ellos, que termin\u00f3 en Montevideo, logr\u00f3 alistarse en un barco ingl\u00e9s, pudo volver a Londres<\/strong> y, cuatro a\u00f1os m\u00e1s tarde, escribir sus memorias.<\/p>\n<p>Durante a\u00f1os,<strong> esta bah\u00eda marplatense fue conocida como Playa de los Ingleses.<\/strong> Nadie ten\u00eda muy en claro por qu\u00e9, pero tampoco parec\u00eda importar demasiado. La historia \u2013como tantas otras\u2013 qued\u00f3 enterrada bajo la arena y el olvido conveniente. Hasta que, en alg\u00fan momento del siglo XX, pareci\u00f3 m\u00e1s decoroso vestirla con un nombre m\u00e1s presentable, m\u00e1s europeo, menos pirata: <strong>Varese<\/strong>, como el empresario italiano que supo instalar all\u00ed su complejo hotelero y gastron\u00f3mico. Era m\u00e1s glamoroso recordar a un hombre de negocios que a un pu\u00f1ado de bandidos maltrechos abandonados por su propia tripulaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Claro que todo eso \u2013la goleta astillada, los ingleses temblando de fr\u00edo, los secretos hundidos entre las piedras\u2013 ocurri\u00f3 mucho antes de que alguien decidiera urbanizar la costa. Mucho antes de las escolleras prolijas, los kayaks, las bananas inflables y los parlantes port\u00e1tiles escupiendo RKT. <strong>En aquel entonces, la playa era apenas una bah\u00eda salvaje. Hoy, donde alguna vez esos hombres lucharon por su vida, se alquilan reposeras y se venden churros. Y si queda algo de misterio, est\u00e1 enterrado bajo la arena y las carpas.<\/strong><\/p>\n<p>Desde lo alto del Torre\u00f3n \u2013ese centinela que a\u00fan insiste en posar para postales\u2013 se despliega una bah\u00eda d\u00f3cil, casi sumisa. Las escolleras abrazan la curva de la playa como brazos cansados. Las sombrillas, prolijamente dispuestas, recuerdan un jard\u00edn artificial: repetici\u00f3n, simetr\u00eda, obediencia. <strong>Donde antes hab\u00eda rocas salpicadas de mejillones, ahora hay decks plastificados, barandas de acero inoxidable, y una promesa de orden.<\/strong> Los edificios esp\u00edan desde atr\u00e1s, como si el solo hecho de mirar el mar les otorgara algo del encanto que perdieron en su camino hacia arriba.<\/p>\n<p><strong>A media ma\u00f1ana, Varese es un teatro costumbrista con decorado mar\u00edtimo.<\/strong> Hay se\u00f1oras que bajan con pantuflas y termo, como si fueran al fondo de su casa, y j\u00f3venes que entrenan con el torso desnudo y la mirada fija en su reflejo, m\u00e1s que en el horizonte. Un se\u00f1or de bigotes y mirada triste vende pochoclos desde hace treinta a\u00f1os sin modificar el carro ni el repertorio. Una chica medita frente al mar con auriculares inal\u00e1mbricos. <strong>Varese no recuerda. O finge no recordar. La memoria, en las costas, se le parece mucho al agua: viene y va, se retira, vuelve distinta.<\/strong> Tal vez por eso, cada tanto, una marea se sale del libreto e invade los balnearios, una sudestada sopla con m\u00e1s fuerza que de costumbre y rompe los muros bajos que no llegan a contener la fuerza de mar, o nos hipnotiza la presencia de una ballena golpeando con su cola la superficie. Y en esos gestos m\u00ednimos, a veces imperceptibles, la playa \u2013que parece tan domesticada\u2013 deja filtrar una idea:<strong> la arena oculta muchos m\u00e1s secretos de los que imaginamos.<\/strong><\/p>\n<hr>\n<p>(*) <strong>Alejandra Dabel<\/strong> naci\u00f3 en Mar del Plata en 1983. Es docente de profesi\u00f3n, directora de espect\u00e1culos de teatro y danza, gu\u00eda naturalista y de patrimonio hist\u00f3rico. Apasionada por los viajes, recorre el pa\u00eds en busca de paisajes, historias y personajes que nutren su escritura. Public\u00f3 cuentos y textos de no ficci\u00f3n en antolog\u00edas. \u201cLa m\u00e1quina de hacer feliz\u201d es su primer libro de cuentos. Actualmente, se encuentra preparando un segundo volumen y trabajando en una novela.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div>Por Alejandra Dabel (*) El agua estaba fr\u00eda, pero la costa promet\u00eda algo parecido a la salvaci\u00f3n. Corr\u00eda el a\u00f1o 1742 y la goleta inglesa \u2013maltrecha, vencida por la tormenta y la desdicha\u2013 se acercaba peligrosamente a la costa. 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